UNA OBRA DE AMOR

La vi estremecerse con el cuerpo echado hacia atrás y sentí que
estaba disfrutando de un orgasmo. Tenía marcadas las arrugas de la
frente, las aletas de la nariz se abrían y cerraban incesantemente.
Su boca se apretaba tratando de gozar hasta el último instante la
explosión impetuosa de su sexo. Instantes antes había cerrado
trabajosamente los párpados, justo cuando un suspiro escapaba de su boca.

Pasaron unos instantes y hasta llegué a suponer que había muerto
satisfecha. Sin embargo, ahora había abierto los ojos y me miraba
sin decir palabra. Sólo su hermoso cuerpo insistía en permanecer
doblado hacia atrás, con los codos hundidos en el colchón y la
cabeza levantada como una contorsionista empeñada en continuar
prodigándose hasta el límite.

La escasa luz de la habitación resaltaba su torso empapado en sudor
y de vez en cuando la intensidad de los colores cambiantes del
televisor acentuaba los ondulantes accidentes de su anatomía, hasta
definir, en lo más alto, unos pezones erectos y desafiantes cual
saetas. Yo hubiera querido morderlos o lamerlos pero con seguridad
hubiera roto el equilibrio de la excitante pose de mi amada, de lo
cual siempre me hubiera arrepentido ya que ahora la amaba aún más al contemplarla así expuesta, acrobática y todavía sugerente. La cubrí
con la mirada tratando de resguardarla en su abandono de mis propios instintos y mis lascivas tentaciones y sentí que me agradecía el haberla protegido de mi mismo.

Entonces pronuncié su nombre pero no me contestó, sólo entreabrió
brevemente los labios para respirar. Después de un rato se incorporó
lentamente y se subió arriba de mi, puso un dedo sobre mi boca
indicándome que me callara y comenzó a cabalgarme poco a poco y sin prisa, hasta que mi cuerpo explotaba en mil pedazos. Cuando abrí los ojos ella sonriente me miraba como deleitándose ante esa obra de
amor que entre los dos habíamos realizado. ..

Francisco Pardave Villalobos