EL
AMANTE (FRAGMENTO)
...El un apartamento en el sur de la ciudad. El lugar es moderno,
diríase que amueblado a la ligera, con muebles modern style.
El hombre dice: no he elegido yo los muebles. Hay poca luz en
el estudio. Ella no le pide que abra las persianas. Se encuentra
sin sentimientos definidos, sin odio, también sin repugnancia,
sin duda se trataba del deseo. Lo ignora. Aceptó venir
en cuanto él se lo pidió la tarde anterior. Está
donde es preciso que esté, desterrada. Experimenta un ligero
miedo. Diríase, en efecto, que eso debe corresponder no
sólo a lo que esperaba sino también a lo que debía
suceder precisamente en su caso. Está muy atenta al exterior
de las cosas, a la luz, al estrépito de la ciudad en el
que la habitación está inmersa. El tiembla. Al principio
la mira como si esperara que hablara, pero no habla. Entonces,
él tampoco se mueve, no la desnuda, dice que la ama con
locura, lo dice muy quedo. Después se calla. Ella no le
responde. Podría responder que no lo ama. No dice nada.
De repente sabe, allí, en aquel momento, sabe que él
no la conoce, que no la conocerá nunca, que no tiene los
medios para conocer tanta perversidad....
...Le dice que no quiere que le hable, que lo que quiere es que
actúe como acostumbra a hacerlo con las mujeres que lleva
a su piso. Le suplica que actúe de esa manera.
Le ha arrancado el vestido, lo tira, le ha arrancado el slip de
algodón blanco y la lleva hasta la cama así desnuda.
Y entondes se vuelve del otro lado de la cama y llora. Y lenta,
paciente, ella lo atrae hacia sí y empieza a desnudarlo.
Lo hace con los ojos cerrados, lentamente.el intenta moverse para
ayudarla. Ella pide que no se mueva. Déjame. Le dice que
quiere hacerlo ella. Lo hace. Le desnuda. Cuando se lo pide el
hombre desplaza su cuerpo en la cama, pero apenas, levemente,
como para no despertarla.
La piel es de una suntuosa dulzura. El cuerpo. El cuerpo es delgado,
sin fuerza, sin músculos, podría haber estado enfermo,
estar convalesciente, es imberbe, sin otra virilidad que la del
sexo, está muy débil, diríase estar a merced
de un insulto, dolido. Ella no lo mira a la cara. No lo mira.
Lo toca. Toca la dulzura de su sexo, de la piel, acaricia el color
dorado, la novedad desconocida. El gime, llora. Está inmerso
en un amor abominable.
Y llorando, él lo hace. Primero hay dolor. Y después
ese dolor se asimila a su vez, se transforma, lentamente arrancado,
transportado hacia el goce, abrazado a ella.
El mar, informe, simplemente incomparable.
...No sabía que se sangraba. Me pregunta si duele, digo
no, dice que se siente feliz.
Seca la sangre, me lava. Le miro hacer. Insensiblemente vuelve,
se vuelve otra vez deseable. Me pregunto cómo he tenido
el valor de ir al encuentro de lo prohibido por mi madre...
MARGUERITE DURAS
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