XV WORLD CONGRESS OF SEXOLOGY. JUNIO 2001.
VARONES:
GÉNERO, SEXUALIDAD Y REPRODUCCIÓN.
UNA INVESTIGACIÓN REALIZADA EN MÉXICO.
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Fecha de publicación
13/04/04
Autor: Dra. Ma. Lucero Jiménez Guzmán a través de la invitación
del Prof. Pedro Bugani y dejando constancia que como autores e investigadores
parten de Marcos Macro-teóricos y perspectivas diferentes, entre las
cuales se pueden encontrar incluso contradicciones.
Esto debe ser tomado como el inicio de una invitación a participar de
nuestro Banco de Monografías, a diversos autores e investigadores, con
criterios diversos, para exponer las diferencias que contribuyan a pensar en
modelos superadores sumando perspectivas y pensamientos. Quedan todos invitados
ljimenez@servidor.unam.mx
Doctora en Sociología. Investigadora del Centro Regional de Investigaciones
Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México.
| VARONES: GÉNERO, SEXUALIDAD Y REPRODUCCIÓN.
|
Dra. Ma. Lucero Jiménez Guzmán
INTRODUCCIÓN.-
En México estamos
desarrollando investigaciones, desde la perspectiva de género, utilizando
metodologías de tipo cualitativo, con la finalidad de abordar temas como el que
yo trabajo: sexualidad de varones, reproducción de varones, derechos sexuales y
reproductivos, entre otros.
Desde la perspectiva
sociológica en las investigaciones que realizo parto de una serie de elementos
teóricos y metodológicos que fundamentan la investigación empírica que llevo a
cabo. Es en este marco en el cual desarrollé
una tesis doctoral sobre estos temas, acercándome a las realidades,
experiencias, expectativas, discursos de varones pertenecientes al los sectores
medio y alto de la sociedad mexicana y cuyos resultados presentaré
posteriormente a referirme al marco conceptual más amplio que ha guiado la
investigación.
ELEMENTOS TEÓRICOS Y CONCEPTOS CENTRALES.-
En primer lugar quiero
apuntar que considero que hablar de sexualidad
es hablar de relaciones sociales, de género
y de poder. El concepto de poder,
sus diversas acepciones y su aplicación al interior de las relaciones sociales,
en particular en las relaciones de género, es un punto central en el desarrollo
de la investigación sobre estos temas, por su enorme poder explicativo de las
relaciones que se establecen entre varones y mujeres en la relaciones sexuales
y reproductivas.
Cuando se habla de poder el
sentido común imagina en primer instancia formas evidentes, fundamentalmente
físicas, de dominación y sujeción, como del tipo de poder que se ejerce sobre
un esclavo, al que puede venderse o incluso aniquilar. Pero el poder, entendido no como cosa, sino
como relación social, no solamente adquiere expresiones obvias sino formas de
dominio, manifestaciones de autoridad, control o superioridad que se ejercen en
virtud de un sistema de representaciones que los garantizan (como las formas
más obvias de poder), pero que muchas veces no son considerados dentro de los
poderes que se ejercen. En cuanto que
estas representaciones estructuran el orden social, se erigen en formas
"invisibles" de poder. ( Núñez, 1994. ;.33).
Toda construcción de sujeto
nos remite a la pregunta de cómo éste edificó su relación con la realidad, y a
la vez, todo proceso de construcción de sujeto es efecto de una estrategia de
poder dentro de un marco social determinado pero cambiante, como cambia la
civilización. Los procesos de comprensión e interpretación de la realidad en el
sujeto son un efecto de la estrategia de poder dentro de un marco social
determinado y dinámico. ((Rodríguez, 1996;14-15).
Poder, desde la perspectiva de
Max Weber comprende "la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro
de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el
fundamento de esa posibilidad. (Weber, 1964;43).
Un autor central en estos
análisis que hizo importantes aportaciones y que actualmente está siendo
revisado es Foucault, quien postuló que para hacer un análisis del poder que no
sea económico disponemos de muy poco.
Se dispone de la afirmación de que la apropiación y el poder no se dan,
no se cambian ni se retoman, sino que se ejercitan, no existen más que en
acto. El poder no es principalmente
mantenimiento ni reproducción de las relaciones económicas, sino ante todo una
relación de fuerza. El poder es
esencialmente el que reprime. Reprime
todo, la naturaleza, los instintos, a una clase, a los individuos. Si el poder es realmente un despliegue de
una relación de fuerza, más que analizarlo en términos de cesión, contrato o
alienación, hay que hacerlo en términos de lucha, enfrentamiento, de
guerra. Las relaciones de poder en
nuestra sociedad se han instaurado, en esencia, bajo una determinada relación
de fuerza establecida en un momento determinado, históricamente localizable en
la guerra. El poder político tendría el
papel de reinscribir, perpetuamente, esta relación de fuerza, mediante una
especie de guerra silenciosa, de inscribirla en instituciones, en las
desigualdades económicas, en el lenguaje, en los cuerpos. No se escribe más que la historia de esta guerra,
aún cuando se escribe la historia de la paz y las instituciones. (Foucault,
1979 ;135-136). Para Foucault el poder no se construye a partir de
"voluntades" (individuales o colectivas), ni tampoco se deriva de
intereses. El poder se construye y
funciona a partir de poderes, de multitud de cuestiones y de efectos del
poder. Las relaciones de pareja, la
familia, el maestro y el alumno no son simple proyección del Estado. El macho
no es el representante del Estado para la mujer. (Idem. 157). Para este autor, que el Estado funcione como
funciona, requiere de que existan relaciones de dominación del hombre sobre la
mujer y de los adultos sobre los niños. Estas relaciones de dominación son
específicas, tienen su configuración propia y relativa autonomía. El poder se
extiende a toda la sociedad, a todas las relaciones.
El poder entonces, desde esta
perspectiva, no se posee, se ejerce y
en las relaciones de fuerza el sujeto no tiene una posición fija; en un sentido es objeto de poder y su cuerpo
lo sufre, en otro sentido es sujeto de poder y su cuerpo lo ejerce sobre otros
cuerpos. Esta idea es central para el
análisis de la familia, la pareja y sus relaciones. Puede documentarse en las
investigaciones concretas que es común por ejemplo que sean las propias
mujeres, quienes condicionadas y muchas veces hondamente determinadas por
nuestra cultura y las relaciones sociales imperantes, sean ellas mismas quienes
reproduzcan el sistema de dominación que las somete. Asimismo, es común
encontrar que el varón dominado por ejemplo en la esfera laboral, ejerce una
dominación brutal sobre mujeres y niños ; que se ejerza dominación sobre
los infantes por parte tanto de hombres como de mujeres ; que mujeres
mayores dominen a las mujeres más jóvenes.
Para Foucault el poder no se
restringe a las relaciones entre grupos o clases sociales, sino que permea
todas las esferas de la vida social, incluyendo el ámbito cotidiano. Esta noción de poder ha contribuido a
cuestionar la separación entre el ámbito público y privado y a politizar los
espacios privados e íntimos. Aunque
algunas autoras consideran que Foucault no enfatiza suficientemente el carácter
represivo e ilegítimo del ejercicio del poder masculino.
Otro punto central se refiere
al carácter conflictivo del poder como relación social y al papel de las resistencias
en su propia conceptuación. Foucault y
otros autores, conciben al poder como una relación conflictiva y de lucha y aún
más, como una relación de enfrentamiento que genera sus propias resistencias. Las resistencias constituyen un rasgo
definitorio de las relaciones de poder, sin resistencia dice Foucault, no
habría poder, habría obediencia, dominio o posesión. Desde esta óptica resistir es constituirse en un sujeto activo de
su transformación (Foucault, 1979, 1984 ). (Ariza y Oliveira. 1997;28).
Otra concepción central que
ha dado luz a la investigación realizada por mi es la idea de que uno de los
hechos vitales en que se expresa la identidad genérica con mayor fuerza es la sexualidad, que es a la vez considerada
como un ordenador social. A partir de
la sexualidad se establecen las formas en que los individuos actúan y cumplen
sus papeles a lo largo de sus vidas.
Todo acto humano implica en
sí mismo una dimensión de lo social, y por tanto política, hay que enfrentar el
hecho de que la experiencia sexual no debe ser confinada a charlas privadas,
sino que también debe ser integrada al debate del que surja la conciencia
social. (González,1987:13).
Sexualidad y Género son construcciones socioculturales históricas que justifican la
opresión evocando principios supuestamente provenientes de la naturaleza.
(Cazés, 1994;338). Para algunas autoras (Rubin, 1995) la sexualidad es
concebida como una esfera autónoma en la cual se construyen y se transforman
relaciones personales, sociales, culturales y políticas. Desde esta perspectiva, género y sexualidad
constituyen la base de arenas distintas de prácticas sociales, lo cual implica
reconocer que la construcción de identidades de género, de normas y de
asimetría de relaciones entre hombres y mujeres no sobredeterminan
necesariamente, las manifestaciones de deseo, las prácticas eróticas de las
personas y las experiencias de placer. A partir de esta concepción
(Correa) propone retomar a Flax (1992)
quien afirma que las diferencias entre hombres y mujeres son en verdad menos
relevantes de lo que sugieren las normas, representaciones, símbolos y
prácticas culturales y de ahí a Badinter que propone caminar hacia la
“unisexualidad”. La necesaria pluralidad en nuestras concepciones también nos
llevará según esta autora a la necesidad de empezar a hablar de sexualidades y
no de sexualidad en singular.(Correa, 1999 :46). Esta deconstrucción del modelo de “dos sexos” tiene consecuencias
positivas en el terreno de una mayor igualdad en todos los terrenos, pero
además, y esto es central en esta investigación, amplía las referencias
conceptuales en lo que se refiere a la deconstrucción de los masculino. Implica admitir que hombres y mujeres son
prisioneros de sus géneros. Ellos
también están sometidos a esas reglas, reglas que siempre tienen un costo.
(Flax, en Correa).
La sexualidad ha sido definida como el conjunto de experiencias
humanas atribuidas al sexo y definida por éste, constituye a los individuos y
obliga a su adscripción a grupos socioculturales genéricos y a condiciones de
vida predeterminadas. La sexualidad
constituye un complejo cultural históricamente determinado consistente en
relaciones sociales, instituciones sociales y políticas, así como concepciones
del mundo, que define la identidad básica de los sujetos. Consiste también en los papeles, las
funciones y actividades económicas y sociales asignadas con base en el sexo. La
sexualidad humana es lenguaje, símbolo, norma, rito, mito: es uno de los
espacios privilegiados de la sanción, del tabú, de la obligatoriedad y de la
transgresión. Entre los resultados de
la organización genérica está el control social de los cuerpos de hombres y de
mujeres y del dominio de ellos sobre ellas, vía la expropiación de sus cuerpos
y de sus creaciones. (Lagarde,1995;402).
Pero la sexualidad podría ser
algo diferente. Cuando se lograra construir un mundo diferente, en el que las
divisiones genéricas que llevan a relaciones desiguales, de ejercicio de poder
y dominación fueran abolidas, la sexualidad podría vivirse a plenitud, con
responsabilidad y libertad. Para ello sería necesario lograr el pleno ejercicio
de los derechos sexuales, lo cual requiere de un ambiente favorable en el que
las prácticas individuales sean inspiradas por el principio del respecto a la
identidad del otro y a su voluntad, en condiciones sociales, económicas y
culturales que conduzcan a la igualdad entre los géneros, a la libertad en la
orientación sexual, a la no discriminación ; un mundo en el que las prácticas
sexuales individuales no estén sujetas a la coerción moral o legal (Correa,
1999 ;47).
Así como la sexualidad es un
fenómeno social que lleva la huella de historias complicadas, de moralidades
impuestas y el juego del poder, así ahora debemos colocar como plantea Weeks
(1995) nuestras elecciones sobre la sexualidad y el cuerpo en un marco ético
más amplio. La sexualidad no posee un significado intrínseco, no puede decir su
propia verdad porque sus manifestaciones sólo pueden ser siempre culturalmente
mediadas. Pero pueden, por su maleabilidad, expresar una variedad de
potencialidades humanas. Lo erótico brinda un espacio de posibilidad para
explorar, y afirmar positivamente, las diferentes maneras de ser humanos.
Cada cultura y cada situación
histórica constituyen sus propios rasgos de sexualidad permitida, restringida y
prohibida.
Gagnon establece una serie de
premisas sobre la sexualidad que me parecen esenciales en para los estudios que
se realizan sobre el tema. En primer
lugar, la sexualidad no es un fenómeno universal y ahistórico; la sexualidad no
puede tratarse como una simple respuesta a un imperativo biológico o de
desarrollo de la sexualidad, válido en cualquier época o cultura. La vida sexual, es como el resto de la vida,
una actividad sugerida por las circunstancias sociales y culturales y que
cambia de acuerdo a la época y a la cultura de que se trate; Hay un repertorio
limitado de actividades corporales asociadas a lo sexual pero no hay
similitudes en los significados que le son asociados. Por ello la conducta sexual debe estudiarse como un fenómeno
local, de significados específicos en contextos históricos y culturales también
específicos. Las ciencias que estudian a la sexualidad también son productos
históricos y culturales, así como las herramientas teóricas y metodológicas son
productos de fenómenos históricos y culturales y no herramientas privilegiadas
para descubrir la verdad. La experiencia de la conducta sexual es resultado de
circunstancias de aprendizajes particulares dentro de culturas
específicas. La gente aprende la
cultura sexual en grupos culturales específicos; la cultura de género y la
conducta sexual son producto de culturas específicas. Son formas aprendidas a partir de una práctica social. (Gagnon y Simon 1984, en exposición de Oliveira, 1994).
La sexualidad es un fenómeno
social, porque es histórico, cambiante y sólo definible en el contexto de una
cultura. La sexualidad es una manifestación humana que está sujeta a
convenciones culturales. Constituye un
vínculo efectivo, amoroso, erótico, que busca la reproducción de la especie o
el placer o ambos, y que se desarrolla generalmente en un ámbito de poder que
no es equitativo, que incluye a la subjetividad pero que, como hecho social, va
mucho más allá. Hay entonces un aspecto
interpersonal, pero a la vez social y eso hay que tenerlo en cuenta para no dar
una visión parcial o reductora de la sexualidad.
Hearn y Parkin establecen que
es necesario vincular nuestra definición de sexualidad como un proceso público
común y frecuente, más que uno extraordinario y predominantemente privado. En
segundo lugar, proponen pensar la sexualidad como uno de los aspectos
integrantes de un proceso que permea toda política del cuerpo más que como un
conjunto de prácticas aisladas y discretas (Minello, 1998; 38-39).
La sexualidad tiene en el
cuerpo humano la fuente y a la vez receptáculo de sus prácticas, relaciones y
simbolizaciones. Quienes entran en
contacto son poseedores de cuerpos particulares, cargados de atributos propios
de la identidad genérica a la cual se adscriben. El cuerpo es convertido en el espacio de las significaciones
sociales, centro de asignaciones de funciones y atributos sociales, entidad
reguladora de comportamientos, actos y movimientos social y políticamente
permitidos y prohibidos, síntesis histórica de las expresiones
genérico-sexuales de cada sociedad y su cultura.
La sexualidad rebasa al
cuerpo y al individuo; es un complejo de fenómenos bio-socio-culturales que
incluye a los individuos, a los grupos y a las relaciones sociales, a las
instituciones, a las concepciones del mundo -sistema de representaciones,
simbolismo, subjetividad, éticas diversas, lenguajes- y desde luego al
poder. La sexualidad es a tal grado
definitoria que organiza de manera diferente la vida de los sujetos sociales y
de las sociedades. Es un atributo
histórico de los sujetos, de la sociedad y de las culturas; de sus relaciones,
sus estructuras, sus instituciones y de sus esferas de vida.
(Lagarde,1993;212).
El cuerpo masculino y el
femenino, y en especial los órganos sexuales son percibidos y construidos según
esquemas y de ese modo constituyen apoyos simbólicos privilegiados de aquellos
significados y valores que están en concordancia con los principios de la visión
falocéntrica del mundo. En realidad lo
que se hace es legitimar una visión masculina del mundo que a su vez legitima
una relación de dominio inscribiéndola en lo biológico, que a su vez es una
construcción social biologizada. La
definición del cuerpo en sí, apoyo real de la labor de naturalización, es en
efecto el fruto de todo un trabajo social de construcción, sobre todo en su
dimensión sexual. El cuerpo de la mujer
es el objeto de un esfuerzo de construcción que tiende a hacer una suerte de
entidad negativa, definida esencialmente por la privación de las propiedades
masculinas y afectada por características peyorativas. El grupo, por considerar
que la sexualidad es algo demasiado importante socialmente para ser dejada al
azar de las improvisaciones individuales, propone e impone una definición
oficial de los usos legítimos del cuerpo, excluyendo tanto representaciones
como prácticas, todo lo que, en especial entre los hombres puede evocar las
propiedades estatutariamente asignadas a otra categoría. El trabajo de construcción simbólica, que se
termina en un trabajo de construcción práctica de educación, opera lógicamente
por diferenciación en relación con el otro sexo socialmente construido; tiende
en consecuencia a excluir del universo de lo pensable y de lo factible todo lo
que marque la pertenencia al sexo opuesto.
El cuerpo biológico socialmente forjado es así un cuerpo
politizado. Los principios
fundamentales de la visión del mundo androcéntrico son naturalizados bajo la
forma de posiciones y disposiciones elementales del cuerpo que son percibidas
como expresiones naturales de tendencias naturales. (Bourdieu 1990;36-53). Sexo
y sexualidad son separados de acuerdo a las divisiones genéricas impuestas
socialmente y en función de esto se establecen diferenciaciones entre hombres y
mujeres y sus necesidades y papeles y obligaciones y derechos, que se hacen
aparecen como "naturales".
La sexualidad es una parte de
nuestro comportamiento, de nuestra libertad.
Ella es algo que nosotros creamos y va mucho más lejos de un
descubrimiento de la cara secreta de nuestro deseo; va haciendo nuevas formas
de relaciones, de amor, de creación. El
sexo no es una fatalidad, es una posibilidad de la vida creadora. Es un proceso de invención, que utiliza una
relación estratégica como una fuente de placer físico. (Foucault. Sexo, Poder y Política de
Identidad, 1982 en Minello 1997;72).
Dice Foucault que ahora el
sexo no se juzga, se administra de acuerdo a las condiciones sociales
prevalecientes. Es reglamentado por medio
de leyes y mandamientos. Una característica común a todas las civilizaciones,
es la de que el primer objeto intercambiado fue la mujer. Ella constituyó la primera mercancía, y por
ende el primer objeto de valor de uso que adquirió también valor de cambio. Por ello las mujeres tienen que conquistar
su liberación, junto con los hombres, de su categoría en cuanto fuerza de
trabajo, y además tienen que ser liberadas de su condición de objetos de
diversión y placer contra su voluntad.
La sexualidad que practicamos se acerca mucho a la de los animales, con
la consiguiente captura, afianzamiento y posesión de la hembra por parte del
macho, en tanto que la hembra se deja poseer, se ve forzada a ello o es
engañada para admitirlo sin violencia. Tenemos un sexto sentido, es el placer;
pero la sociedad en que vivimos se encuentra empeñada en ignorar tal sentido,
no obstante su enorme importancia y de que es una parte inseparable de cada
persona. (De Gortari Elí.; 146-156).
Algunos autores (Braunstein,
1991) llaman la atención acerca del peligro que vivimos en la sociedad actual,
pues afirman que tanto la mística represiva como la liberadora (de la que se
habla en la actualidad respecto de la sexualidad) conllevan la misma represión
que es la que hace depender a la sexualidad de la satisfacción otorgada a una
cierta tendencia natural, que existiría por igual en todos los seres humanos,
que tendería a su normalidad posible. De allí que vivamos en medio de una
suerte de ideología sexológica difundida a través de estudios de
divulgación. Este tipo de ideología es
tan represiva como la que existió antes porque tiende a desatender la relación
que existe entre el modo en que cada uno encarna su sexualidad y el orden
simbólico, el orden del deseo y de la ley que regulan esa sexualidad. Nuevamente se imponen estándares,
convenciones que tratan de definir lo que está bien y lo que está mal y hacen
que los sujetos (o muchos de ellos) vivan angustia cuando sienten que no se
están adaptando a lo que suponen es la norma social. Antes se trataba de
virginidad, ahora tal vez lo que se pretende es ser “la campeona olímpica de la
sexualidad”, también en términos de rendimiento, de número de orgasmos. Este
autor llama la atención también acerca del peligro de que se esté estableciendo
el modelo del goce sexual masculino como universal y válido. Ese modelo que,
tomando como punto de partida el del hambre, la alimentación y la saciedad,
tendría su equivalencia en la erección y la eyaculación. Este modelo parece querer ser impuesto también
a las mujeres y a su sexualidad. El modelo del goce fálico es el que se
pretende extender como aquel que debería también dar cuenta del goce femenino,
siendo que así no es posible comprender a la sexualidad en el plano de la
satisfacción subjetiva.
El concepto de sexualidad que
algunos sectores han propuesto actualmente, intenta rebasar aquellos conceptos
que han planteado una división entre lo biológico, lo psicológico y lo
social. El placer sexual, lo erótico,
ocupa un punto medular en las reflexiones en torno al sistema de valores en las
relaciones entre hombres y mujeres y también como un elemento fuertemente
moldeado por la cultura. Se plantea que la terminología empleada en los
discursos sobre sexualidad, comportamiento sexual e incluso aspectos
relacionados con la reproducción se encuentra aún muy lejos de tener
significados claros y unívocos, aunque en las últimas tres décadas haya crecido
tanto el interés en el tema de la sexualidad.
Algunos autores adoptaron posiciones críticas ante otros que veían
contrapuesto lo biológico y lo social y han adoptado más bien la idea de que
entre ambos existe interacción. Los estudios actuales sobre sexualidad
establecen que la sexualidad excede al sexo, quedando éste último concepto
remitido a la genitalidad. Hoy se
reserva el concepto de sexo básicamente para los estudios de elementos
biológicos, mientras que a la
sexualidad le atañen expresiones de carácter psicosocial. Es decir, se reconoce que la sexualidad
tiene una base biológica, la contiene y la rebasa, y tiene su énfasis en las
complejas manifestaciones que resultan de la interacción entre el individuo y
su medio. Aquí la cultura, las normas,
los valores son esenciales. Lo aprendido socialmente se superpone a la base
biológica, determinada genéticamente. Así, la variabilidad, diversidad e
incluso aspectos "insólitos" de la sexualidad humana, dependen de la
cultura de una comunidad, del sistema de valores que norman a esa sociedad.
(Ehrenfeld,1989:383-385).
La sexualidad tiene tanto que
ver con las palabras, las imágenes, los rituales y las fantasías como con el
cuerpo; nuestra manera de pensar el sexo moldea nuestra manera de vivirlo. (Weeks1993), pero durante mucho tiempo la
sexualidad se ha ligado a la naturaleza, explicándola como un impulso, como
fuerza emergente o como una energía que la cultura modela y debe
controlar. De esta manera se ha
definido "lo femenino" y "lo masculino" como
"naturalidades" y se ha dado un privilegio tanto teórico como social
a la heterosexualidad. Hoy, se critica abiertamente la noción de sexualidad
arraigada a la naturaleza y se propone entenderla como producto de fuerzas
históricas y sociales. Así, la
sexualidad debe definirse como construcción histórica, que involucra una
diversidad de posibilidades biológicas y mentales, como las diferencias
corporales, las capacidades reproductivas, las necesidades, deseos, fantasías,
elementos que no siempre están asociados entre sí. La sexualidad sólo puede comprenderse dentro de su propio
contexto social y cultural específico. No existe una esencia específica en lo
que llamamos sexualidad y lo erótico solamente puede tener un significado en
culturas específicas. La sexualidad es
algo que la sociedad produce de manera compleja; es el resultado de distintas
prácticas sociales que dan significado
las actividades humanas, de definiciones sociales y autodefiniciones, de
luchas entre quienes tienen el poder para definir y reglamentar contra quienes
se resisten. Cada vez nos hacemos más conscientes de que debemos reconsiderar
nuestra idea de la sexualidad, pues sabemos que existe una enmarañada red de
influencias y fuerzas económicas, de raza, de género, de moral, que configura
nuestras emociones, necesidades, deseos y relaciones. La sexualidad en fin, no
es un hecho dado, es un producto de negociación, lucha y acción humanas. (Weeks, 1998 ).
Este es un concepto central
en el desarrollo de mi investigación, pues parto de la idea de que en las
relaciones sexuales en la pareja y en la reproducción, están siempre presentes elementos de choque y negociación,
acatamiento de normatividades, resistencia y transgresión de las mismas. Para
este autor, como para otros y otras, la sexualidad está sujeta en gran medida
al modelaje sociocultural, a tal punto que no tiene otro significado que el que
le atribuyen las situaciones sociales. Cada cultura establece
"restricciones de quien" y "restricciones de cómo". Estas reglamentaciones tienen aspectos
formales e informales, legales y extralegales.
Suele haber por ejemplo, reglas distintas para hombres y para mujeres,
reglas que constituyen guías prácticas. Determinan los permisos, las
prohibiciones, los límites y las posibilidades. Para Weeks, existen cinco áreas
que destacan en la organización social de la sexualidad: parentesco y sistemas
familiares, organización social y económica, reglamentación social,
intervenciones políticas y el desarrollo de culturas de resistencia. (Weeks,.
1998;34-35).
En nuestra cultura sí importa
con quién tenemos relaciones sexuales.
El género, la condición social de ser hombre o ser mujer, y la
sexualidad, la manera cultural de experimentar nuestros placeres y deseos
corporales, están estrechamente vinculados, de modo de cruzar la frontera entre
el comportamiento masculino y femenino considerados socialmente
"correctos", constituye en ocasiones la transgresión más grave. Aún no podemos, en nuestra sociedad, pensar
la sexualidad sin tomar en cuenta al género; la fachada de la sexualidad se ha
construido en gran parte sobre la suposición de diferencias fundamentales entre
hombres y mujeres, en la dominación masculina sobre las mujeres. Vivimos en culturas que están preocupadas
por la diferencia sexual y esto es trascendente, tiene efectos decisivos, pues
la forma como pensamos sobre el sexo modela la manera en que lo vivimos. Hablar por ejemplo del "impulso
vigoroso" de los varones en cuanto a la sexualidad ha servido para
legitimar la dominación del hombre sobre la mujer. (Weeks, 1998; 47-49).
El cuerpo biológico es el
sitio donde se establece y delimita lo sexualmente posible, pero la sexualidad
es mucho más que simplemente el cuerpo. La sexualidad invoca nuestras
creencias, ideologías e imaginación, además de nuestro cuerpo físico.
(Vance,1984) Las relaciones de poder,
particularmente las vinculadas con la raza, el género y la clase, los cuerpos
socialmente diferenciados, adquieren significado para definir los
comportamientos sexuales. Asumimos una
manera de comprender la concepción histórica de los cuerpos y la sexualidad;
una comprensión de las actitudes hacia el cuerpo y la sexualidad, que deben
partir de un contexto específico y haciendo evidentes las relaciones de poder
que conforman y hacen ver la conducta de los sujetos como algo normal o
anormal, aceptable o inaceptable; oponiéndonos al esencialismo sexual que
pretende explicar a la complejidad de lo sexual remitiéndola a una supuesta
verdad o esencia interior.(Weeks, 1998 (a);182).
Considero que a partir de la idea de Poder y Resistencia de
Foucault se pueden comprender además las formas de adaptación, de autonomía, de
adecuación, toma de decisiones, y
transgresión en diversas temáticas, que tienen que ver con las relaciones entre
varones y mujeres.
Existen amplios debates
acerca del análisis de la relación hombre-mujer como relación de poder
multidimensional. Se discute, cuestiona
y recupera la riqueza analítica de la microfísica de Foucault, por ejemplo
entendiendo que cada dimensión específica donde se realizan las relaciones y se
ejercen los poderes tiene un universo propio explicativo y por ello requiere
esfuerzos, también específicos, para poder desentrañar y descifrar la
naturaleza de sus lógicas. En cada espacio de representación social debe
descubrirse lo que se produce y reproduce, lo que se teje, desteje y entreteje,
lo que se deposita, arriesga y apuesta, así como el tipo de vinculaciones que
se establecen en otros espacios. Aceptar que el análisis de la relación desde
este recorte teórico, tiene que pasar por profundos vínculos afectivos de
dependencia permite preguntarse por ejemplo: ¿En qué medida la construcción de
la identidad de genero de la mujer está engendrada consustancialmente en el
hombre? ¿Hasta qué punto la identidad genérica del hombre depende de la
identidad genérica de la mujer, de la misma forma en que su lugar social de
poder depende de la definición del lugar social de la mujer ...? Y de manera
complementaria ¿qué tipo de poder es el que la mujer ejerce desde su lugar
social?. (Cervantes, 1993;260).
La convención social que nos
llega sobre la sexualidad y la reproducción existe en el presente como conjunto
de instituciones, como pactos de referencia que una vez internalizados por los
individuos a lo largo de su vida y como parte de un proceso permanente de
aculturación, orienta sus prácticas y justifican una dominación. Desde esta perspectiva las instituciones, de
acuerdo con Bourdieu "representan la materialización, la fijación y la
codificación social del sentido.. Por tanto, la cultura puede ser aprehendida
como una estructura de significados preconstruidos que constituye el marco de
referencia de una sociedad y la base
obligada - no pensada - de todas
las prácticas significantes" (Bourdieu,1993).
Hay que tomar en cuenta que
la construcción social de la sexualidad implica a las estructuras política,
social, económica, jurídica, religiosa de la sociedad en la que se desarrollan
los sujetos. Para el análisis es
esencial como hemos apuntado, tomar en consideración el ciclo de vida, que es
también una construcción social y que exige tener presentes las historicidades
individuales y colectivas. Existen
condicionantes biológicas, eso es un hecho. Pero el significado es social y
varía históricamente, de una sociedad a otra. (Minello, op. cit.;44-46).
Es interesante observar que
las prácticas y vivencias de los papeles familiares tienen lugar dentro de
relaciones de poder, como se ha documentado en diversas investigaciones, que
son asimétricas y jerárquicas y que se
estructuran a partir de dos ejes
básicos: el género y la generación.
Estos determinan las situaciones
de control y dominio por ejemplo de los hombres sobre las mujeres y de los
padres sobre los hijos. Pero no es
suficiente conocer cómo tiene lugar la distribución de estos espacios, sino que
es necesario entender cómo se ejerce el poder dentro de ellos. Por ejemplo, la
imposición del dominio masculino mediante la utilización de diversas
estrategias de violencia de diverso tipo y la aceptación de tal dominio como
legítimo y su cuestionamiento a través de diversas modalidades de resistencia y
de negociación. Podemos así analizar la
autonomía femenina mediante la consideración de la habilidad de tomar
decisiones sobre la propia vida (sexualidad, reproducción utilización del
tiempo libre); libertad de movimiento y asociación; el cuestionamiento de la
autoridad exclusiva del varón; y la puesta en práctica de acciones de
enfrentamiento del poder masculino (Ariza y Oliveira op.cit;62-63).
Además podemos afirmar como
establece Weeks que en distintas épocas existen distintos patrones clasistas
ante la sexualidad.. Por ejemplo, las actitudes hacia el control natal, vía el
control normativo sobre las prácticas sexuales, han variado considerablemente, pero no se puede generalizar sobre
patrones de clase. Factores
geográficos, de ocupación y otros más, juegan inevitablemente un papel en la
conformación de los patrones de clase; es decir que la clase es un factor
clave, aunque no siempre decisivo en conformar las preferencias de la actividad
sexual (Weeks;1998 (a);193).Asimismo,
es importante insistir en que las diferencias de clase y estatus no
pueden tener el mismo significado para hombres que para mujeres, el género es
una división crucial. Así, los patrones
de sexualidad femenina son, de manera ineludible, un producto histórico del
poder de los hombres para definir lo necesario y lo deseable. En el corazón de las definiciones están
siempre presentes relaciones políticas y culturales. Los cambios en las
relaciones y en los equilibrios de poderes entre hombres y mujeres, derivados
entre otras causas del movimiento feminista, los cambios en la inserción
laboral, el discurso sobre los derechos humanos, las nuevas formas de
negociación que se están dando en la práctica,
han dado lugar a nuevas percepciones de la sexualidad femenina y
masculina, y se empiezan a cuestionar los discursos biologicistas de la
reproducción, fundamentales en la ideología social y política que ha enfatizado
la diferencia y la división, más que la similitud y la complementariedad.
EL VÍNCULO GÉNERO Y PODER.-
Género y poder están
íntimamente relacionados. Como toda
organización social, la organización genérica define un orden de relaciones y
delimita una arena; es en ésta donde cada sujeto actúa las potencialidades que
posee, en donde ejerce o padece los dominios que su ubicación social le exige o
le permite. La asignación de género es el inicio de un proceso inacabable de
especialización de los sujetos, especialización que origina diferencias y
valoración social de las diferencias así creadas y da lugar a jerarquías, esto
es, a poder y dominio. De acuerdo con
el género asignado, cada sujeto accede a diversos recursos vitales valorados
diferencialmente. La posesión
monopólica de ese poder proviene de lo que Marcela Lagarde define como una
expropiación de ciertos recursos vitales que un género hace al otro. Esa expropiación permite que el dominio sea
atributo de un género y que el sometimiento lo sea del otro. Impone desigualdades y opresión. Establece
condiciones y reglas de las relaciones de poder y dominio entre los géneros. Pero más importante es que define el orden
genérico de la organización social y minimiza o suprime las posibilidades del
cambio radical de este orden. (Cazés 1994;343-44).
El sistema sexo/género no
implica solamente diferencias en cuanto a valores y expectativas sociales,
entre hombres y mujeres, sino que implica principalmente una gran diferencia de
prestigio y ejercicio de poder entre ambos sexos. En el proceso de adquisición del género se "enseña" a las
personas a actuar y a pensar de acuerdo a normas que son de género, que los
plantean además como opuestos y asignan en sociedades como la nuestra un mayor
estatus al género masculino.
En este sentido, se considera que el poder patriarcal (o lo
que queda de él) esta constituido por: El genérico de los varones sobre las
mujeres (seres dependientes que se relacionan con ellos a partir del
desamparo); el poder de clase del bloque de clases dominantes; el poder del
grupo nacional y lingüístico dominante; el grupo de edad de los adultos
(productivos); el grupo religioso dominante y la adscripción a las
instituciones del Estado, como partidos, sindicatos, sistema educativo,
etc. Las relaciones entre unos grupos y
otros sintetizan en instituciones sociales y políticas del más distinto tipo,
las cuales son espacios de reproducción del sistema político y de sus
relaciones de poder. La mujer, la
pareja, la conyugalidad, el noviazgo, el amasiato, la maternidad, la
paternidad, la fidelidad, la familia, la banda, la iglesia, son instituciones
sociales de poder "patriarcal" que reproducen para la mujer la
división genérica del mundo y sus cautiverios (Lagarde 1993; 159).
No se trata de ver todas las
relaciones sociales exclusivamente como relaciones de poder, pero si es posible
señalar que en las diferentes relaciones sociales es posible encontrar al
poder, con diferentes matices y formas, desde la posesión del saber, el
conocimiento, la moral, la cultural, hasta la posesión de una existencia
sexual. En las relaciones entre los
géneros que constituyen, como hemos afirmado, formas no solo de diferenciación
sino de desigualdad, de inequidad, el poder está presente a veces de manera muy
nítida, a veces en sus formas más "invisibles" o "sutiles".
Los seres humanos hemos dotado de sentido intelectual y afectivo a los objetos,
hechos, cualidades, relaciones, seres, incluyéndonos a nosotros mismos y a
nuestras creencias. Los sistemas
simbólicos generados han incidido considerablemente, a su vez, en nuestra
condición humana. Las diferentes
comunidades han conformado sistemas de representación que pueden entenderse
como convenciones sobre el sentido de sus signos, a lo largo de un complejo
proceso histórico. Los principios de
diferenciación constituyen una herencia. Hemos heredado una convención social a
partir de la cual se organiza la distinción social. (Ariza y Oliveira
op.cit.;38).
La condición genérica de las
mujeres está estructurada en torno a dos ejes fundamentales: la sexualidad
escindida de la mujer y la definición de ellas en relación con el poder - como
afirmación o sujeción- entre otros. La
condición genérica de la mujer ha sido construida históricamente y es una de
las creaciones de las sociedades y culturas patriarcales. El poder define genéricamente la condición
de las mujeres. Y la condición de las
mujeres es opresiva por la dependencia vital, la sujeción, la subalteridad y la
servidumbre (a veces) voluntaria de las mujeres en relación con su mundo. En nuestro mundo, la hombría se identifica
con la osadía, en la esfera pública; mientras lo femenino se identifica con lo
privado y la sumisión y aún en la esfera pública se espera de la mujer
discreción y reserva,
El poder consiste fundamentalmente en la posibilidad de decidir
sobre la vida de otro, en la intervención con hechos que obliguen,
circunscriben, prohiben o impiden, el despliegue del poder es dialéctico y
todos ejercen poder al interactuar.
Pero existen los poderosos y los oprimidos. El poder puede también definirse como autoafirmación de los sujetos
para vivir la vida y no implicar la opresión de otros, este es su sentido
positivo. (Ibidem;36).
La reproducción y la sexualidad son ámbitos vinculados de manera
decisiva con la construcción de la desigualdad de género. La sujeción de las mujeres a la reproducción
constituye una de las fuentes principales de su subordinación. Las condiciones biológicas femeninas y la
dependencia de los hijos e hijas respecto de la madre en los primeros tiempos
de su vida ha sido objeto de una simbolización que construye la diferencia como
desigualdad, con fundamento natural, que se ideologiza apelando a sus bases
biológicas como "naturales".
Pero la situación de subordinación en que se encuentran las mujeres en
su condición de procreadoras no proviene de esta diferencia fundamental con los
varones, sino del control que sobre ellas se ejerce no solamente en la
reproducción sino también en la sexualidad. (Levi Strauss,1969; ;
Godelier,1986). De ahí que en esta investigación uno de los ejes
fundamentales constituya el análisis de la reproducción de los varones, en su
profunda interrelación con la sexualidad. Existen aspectos claves que
relacionan el ámbito de la reproducción socio-biológica y la sexualidad en la
construcción del género. Uno es el
carácter sesgado del trabajo reproductivo, ya que la reproducción descansa
básicamente en las mujeres y se comparte muy poco con el varón todo lo
relacionado con ella. El cuidado de los
niños es uno de los espacios considerados de mayor exclusividad femenina desde
la visión masculina (y también desde la visión de muchas mujeres). Otro aspecto
central es el valor que para las mujeres pueden adquirir los hijos como
resultado ineludible del ejercicio de su sexualidad, diferente de la de los
varones.(Ariza y Oliveira, 1997;13-17).
Las implicaciones del poder
sobre las mujeres afectan a todas las relaciones, las instituciones, las
actividades y las concepciones que tienen que ver con el género. Las características genéricas se
caracterizan por ser excluyentes y específicas, lo propio de un género le es
ajeno al otro, por tanto la modificación o preservación del poder afecta tanto
a los hombres como a las mujeres y a la sociedad y sus instituciones de manera
general. Los cambios en las mujeres no
pueden ser unilaterales, cualquier modificación de la feminidad implica tarde o
temprano, algún cambio en la masculinidad y ello genera aún mayor
oposición. Muchos varones todavía hacen
uso de la exclusión y el desconocimiento de las mujeres y sobre todo utilizan
cualquier medio para no perder sus beneficios y privilegios, que obtienen de la
relación desigual que establecen con las mujeres. Asimismo, en general es más difícil para las mujeres cambiar en
ámbitos en los que están solas frente al poder del otro, como es la familia, la
pareja, ese mundo privado e íntimo, doméstico, en el que muchas veces se ejerce
la violencia de todo tipo (Lamas, op. cit;158)
SEXUALIDAD, GÉNERO Y MASCULINIDAD.-
Actualmente están en lucha
dos conceptos distintos de sexualidad y también de masculinidad. El esencialista,
que parte de la filosofía judeocristiana que ha permeado las instituciones de
todo tipo en nuestra sociedad y que nos ha llevado a concebir a la sexualidad
como algo que emana de la naturaleza y que se identifica con un hecho dado de
origen biológico y espiritual, el pecado, la sexualidad es vista como lastre
que hay que cargar, como algo añadido por cometer pecado; y, por otra parte el
concepto de sexualidad propuesto por el constructivismo social de la
sexualidad, que afirma que la sexualidad es básicamente construida por la
cultura, así como es construido el sistema de género, a través de la historia y
no como algo emanado de la naturaleza o la biología. La sexualidad no viene
"dada", sino que es moldeada a través de relaciones de poder de gran
complejidad histórica. No existe una
sexualidad "natural" de forma única, existen diferentes opciones y
posibilidades y prácticas sexuales.
(Weeks en Meijueiro;6).
La organización genérica de
la sociedad es una construcción social basada en marcas corporales. Asimismo, en el centro de la organización
genérica del mundo, como sistema de poder basado en el sexo, se encuentra el
cuerpo subjetivado. Pues, como se ha afirmado en diversos estudios, los cuerpos
no son solamente productos biológicos, las sociedades ponen en ellos grandes
esfuerzos para convertirlos en cuerpos eficaces para sus objetivos, para
programarlos y desprogramarlos. Los
sujetos, femeninos y masculinos pueden tratar de cumplir con sus deberes,
impuestos por su género, aún en condiciones en que resulta imposible cumplir
los mandatos, pero también pueden rebelarse, resistir y transgredir. (Lagarde,
1997;56)
La sexualidad rebasa en mucho
el ámbito de la biología, se construye y se sanciona socialmente. Constituye un
punto de confluencia entre las normatividades sociales y la ética
personal. Es así que, nuestras
concepciones de lo “natural” están permeadas y muchas veces definidas a partir
de ideas sumamente arraigadas en la sociedad en que vivimos. Y es precisamente en este terreno - el de la
sexualidad - donde se construye una arena política de la mayor importancia en
la que se manifiestan las desigualdades de género, clase y etnia. En cada sociedad específica se define “el
deseo” y lo que es “sano” o “desviado” en fin lo “correcto”, lo “incorrecto”,
lo permitido”, lo “prohibido”. Asimismo, el cuerpo constituye el espacio más
inmediato para la transgresión, y en la sexualidad se dan luchas y
resistencias. De ahí que la sociedad y
la cultura, acorde a sus especificidades e intereses, crean códigos y nociones
como guía de acción para controlar a los sujetos, y ellos mismos, a partir de
estos, hacen una evaluación ética de sus conductas. Y en esta área son claras y nítidas las asimetrías entre los
géneros, que no son iguales ni en todas las etapas históricas, ni en todas las
sociedades, ni en todas las clases sociales. El dominio no es estático (De
Barbieri) y se da una articulación de múltiples factores en la balanza del
poder. Es así que por ejemplo, la posición que se ocupa en la estructura social
jerárquica es importante y muchas veces cuando ésta es alta, es menor la
represión sobre la sexualidad específicamente femenina ( Córdova, Rocío, 2000).
En general podemos coincidir
como plantea Cazés (1997b) en que quizás no sea la sexualidad la que aliena a
los individuos, sino que es la sexualidad la que está alienada, es decir, la
que se haya vuelto extraña con respecto a sí misma, desde el momento en que se
ve obligada a mantener discursos sobre el cuerpo y con la ayuda del cuerpo, que
no proviene de sí misma y que sirven como formas de alienación, de opresión
social, cuya fuente no es ella misma. La sexualidad no solamente resulta
alienada, sino que también se convierte en alienante.
En lo que se refiere a la
sexualidad específicamente de los varones se manejan una serie de
estereotipos. Se afirma, que la
sexualidad masculina es instintiva, incontrolable y agresiva; que los hombres
están "imposibilitados" de mantener la monogamia o de ser fieles a
una relación estable; que los varones, en este terreno, como en muchos otros,
dominan, mientras que las mujeres son sumisas; que son posesivos y son celosos;
que tienen que ser fuertes. No deben expresar inseguridad, miedo, dolor,
inseguridad, tristeza u otras emociones que los hagan aparecer como
"débiles"; que en su caso el deseo sexual está desligado del deseo y
del afecto; que socialmente se les exige tener experiencia sexual; que no deben
expresar deseo o ternura con sus amigos, ni manifestar sus emociones con ellos,
pues ponen en riesgo su fama de viriles; por supuesto no deben sentir deseo
sexual por otros hombres ni jamás admitir ignorancia en el terreno de la
sexualidad y además deben correr permanentemente riesgos. (Shepard p. 79).
El concepto de masculinidad
evoca una serie de calificativos y atributos, muchos de ellos encontrados a
través de las culturas y que incluyen primordialmente: poder, dominio,
virilidad, potencia sexual, valentía, fortaleza, responsabilidad y honor, todos
ellos valores culturales a los cuales los hombres deben acceder y mantener para
ser verdaderos "hombres".
Pero, las construcciones
sociales que definen los papeles de los géneros, masculino y femenino, varían
de una cultura a otra, y se da diverso peso a los atributos. A pesar de la desigualdad con la que socialmente
se definen los atributos del género, hay que aceptar que las mujeres mismas
contribuyen a menudo a reforzar o mantener esos atributos culturales. Los atributos masculinos con su énfasis en
el poder y la virilidad, simbolizados por el falo, son usados para ejercer el
dominio sobre las mujeres, su sexualidad, su reproducción y sus familias. Y estros atributos son frecuentemente
invocados para justificar actos de represión y violencia contra las mujeres, incluyendo
la violación, el abuso sexual, las heridas físicas, entre otros actos
coercitivos.(Mundigo, 1998;20).
Para algunos autores la
historia ha tenido una profunda influencia en la construcción del lenguaje
respecto de la sexualidad masculina.
Las nociones de voluntad y rendimiento han sido centrales durante mucho
tiempo dentro de la sexualidad masculina.
El sexo se aprende en nuestras sociedades, en la niñez temprana no como
cuestión de dar placer y nutrimiento al cuerpo, sino como un logro individual
que se refleja en la ubicación del hombre dentro del orden de la ley del más
fuerte de la masculinidad. Así, los varones en general, tienden a considerar la
sexualidad en términos de poder y de conquista. Como niños el sexo es una cuestión de ver "hasta donde se
puede llegar". El sexo constituye
un ámbito en el que se prueban a sí mismos al obtener lo que de otro modo se
les podría negar. Se trata de un proceso educativo muy poderoso, en el cual el
logro reemplaza cualquier noción del sexo como placer. Resulta de esta manera fácil experimentar el
sexo como algo que los otros "les deben" y que ellos están dispuestos
a "obtener",. Así la sexualidad masculina es una cuestión de poder en
que los hombres se preocupan por reafirmar el poder sobre las mujeres. El sexo asumido como rendimiento, aunque
ahora en algunos sectores incluya la necesidad de procurar orgasmos a las
mujeres, se mantiene como una inflexión del ego masculino. Se sigue tratando de una autoafirmación
individual. Los varones están tan
concentrados en probarse a sí mismos porque su verdadero sentido de la
masculinidad puede fácilmente ponerse en tela de juicio. Es entonces el sexo una manera en que se
demuestran como "verdaderos hombres",. Y por ello, la iniciación
sexual con una mujer es tan poderosa, pues constituye un medio para convertirse
en hombre.
Estas construcciones de la
sexualidad masculina tiene graves implicaciones pues la sexualidad llega a
identificarse como un acto de violencia y la idea del rendimiento puede
fácilmente alentar una enorme insensibilidad hacia la pareja. La sexualidad no
es considerada como comunicación, un compartir entre personas, sino que es algo
que los hombres necesitan; mientras, la sexualidad femenina es apenas
reconocida, y las mujeres aparecen simplemente como bloqueadoras de la
necesidad masculina. Así, el sexo se vuelve conquista. Los hombres aprenden a
tener las relaciones sexuales teniendo como única meta el orgasmo; se
despersonifica la experiencia de la sexualidad y el cuerpo es tratado como
máquina. Estas construcciones tienen
toda una historia que hace muy difícil superar las profundas insatisfacciones
en que vivimos y saber como podemos reeducar nuestros cuerpos mediante el
aprendizaje, a fin de lograr un contacto más profundo y pleno. La verdad es que
llevamos la historia en nuestros cuerpos. Y no basta con decir que nuestra
sexualidad es construida histórica y socialmente, es indispensable comprender
sus contradicciones y tensiones internas. Es claro que no es posible postular
una visión alternativa de la sexualidad masculina sin comprender las fuerzas
históricas y sociales más profundas de esta concepción dominante. (Seidler, 1991;40).
En las culturas occidentales
puede constatarse que existe el “dominio de lo masculino”, la concepción del
varón que es fuerte, activo, en posesión indiscutible del poder en diversos
ámbitos, en contraposición con la mujer y lo femenino que pasan a ser el
discurso oculto y tenue de la historia social.(Ehrenfeld,1989:391). El varón en nuestras sociedades es aún el
productor, el dominante, el poseedor del control y en esta cultura todos
aprendemos desde el inicio lo que debemos ser, y también las consecuencias de
negarse a serlo. En el campo de la
sexualidad la mujer, o muchas de ellas, subordina al varón su capacidad
erótica y también cumple, en muchos
casos, el papel que socialmente se le ha asignado en la esfera de la
reproducción.
Dentro de este análisis me
parece fundamental la idea de tener siempre presente que en las relaciones
personales el poder siempre está de alguna manera presente. Esto desafía la
concepción liberal de que todo es cuestión de actitud y elección individual y
que bastaba con "tratar a los demás como iguales". El liberalismo
presupone que tenemos verdadera libertad de relacionarnos y elegir y nos
alienta a creer que podemos minimizar la influencia de relaciones de poder y de
subordinación de clase, sexuales y étnicas.
Y trata de hacerlo al poner una demarcación entre las relaciones
personales y las sociales más amplias.
Sin embargo, es claro que nuestras relaciones personales son
profundamente afectadas por el sentido que cobra ser hombre o mujer en la
sociedad más amplia y por nuestra posición en los otros ejes de la desigualdad
social: clase y etnia. Es entonces
indispensable estar conscientes de la realidad que nos ha afectado y
conformado, realidad que podemos reproducir, pero también confrontar. Para este autor hacerse consciente puede ser
un proceso en que los hombres aprendan a recobrar su sexualidad como fuente de
conocimiento y de placer; y parte del proceso consiste en comprender la
dinámica de su experiencia, mediante la cual su sexualidad ha quedado atada, a
un nivel mucho más profundo, a su necesidad de controlar a otras personas y a
facetas de sí mismos. (Seidler,1991:42-44.).
Según algunas otras
investigaciones en el campo de la sexualidad la experiencia sexual es el
resultado de un complejo conjunto de procesos sociales, culturales e históricos
que permite la construcción del cuerpo, la interpretación del deseo y que da
sentido a las vivencias y sexualidad tanto de los hombres como de las mujeres.
Una interpretación a que acude la masculinidad dominante para darle un carácter
"natural" a su construcción está en la afirmación de que los hombres,
al igual que los animales tienen "instintos" entre ellos el de
reproducirse. El deseo sexual sería por
tanto determinado biológicamente y se acrecienta en la medida en que no es
satisfecho y lleva a los hombres a conquistar y penetrar mujeres. Esta interpretación, sentida subjetivamente por
muchos varones los llevaría a vivenciar su cuerpo como un factor de
fragmentación de su subjetividad, que asocia los deseos, placeres y emociones
propias de la sexualidad con expresiones de una fuerza interna que no se puede
controlar y que los lleva a ser violentos, aún a pesar de su voluntad, con tal
de satisfacer su deseo. En cambio, se
dice, el deseo de la mujer, nace del amor y está asociado con el amor que
siente por su pareja. Los hombres
entonces son quienes deben tomar la iniciativa. Así, ellos separan sexo y amor.
(Valdés y Olavarría, 1998;14-15).
Existe en nuestras
sociedades, una desigual distribución del ejercicio del poder y asimetría
relacional entre los géneros. La
posición de género se manifiesta en las relaciones de la pareja, al interior de
la familia, en todos los ámbitos de la vida social, con diferentes
matices. La cultura androcéntrica da al
varón una posición de superioridad, de auto-afirmación y niega ese derecho a
las mujeres, que deben entonces, si es que pueden, conquistarlo. Los varones entonces se sienten con el
derecho de exigir a las mujeres y ellas se sienten obligadas, disminuyendo su
valor y buscando la aprobación. Se
habla de una ecuación protección por obediencia, que reproduce el dominio
masculino. Las mujeres y los hombres
naturalizan estas relaciones, lo que aunado a la falta de recursos de las
mujeres y el ejercicio cotidiano del poder masculino hace muy difícil
cuestionar y cambiar estas relaciones.
Para algunos autores la mujer
ejerce el poder sobrevalorado de los afectos y el cuidado erótico y
maternal. Se trata dicen, de un poder
delegado por la cultura androcéntrica.
Se establece para ellas un "altar engañoso" y se le otorga el
título de reina, aunque ellas solamente tengan la posibilidad de "intendencia
y administración de lo ajeno". (Bonino,196-197). Las mujeres, en general,
no pueden expresar sus demandas abiertamente, pero lo hacen por vías ocultas, a
través de distanciamientos, de quejas y muchas veces de cierta manipulación. Este terreno es sumamente importante en el
campo de la sexualidad y de la reproducción, de la relación y educación de los
hijos e hijas. Las relaciones de poder
que se dan en estas esferas están casi siempre invisibles, lo cual contribuya a
que el poder configurador de la masculinidad como modelo siga siendo enorme.
Encontramos que en sociedades
como la nuestra existen claras diferencias entre las normatividades que se
imponen a hombre y a mujeres, muy especialmente en el terreno de la sexualidad
y las prácticas sexuales. En las
mujeres la sexualidad aparece como más vinculada a la unión de la pareja y a la
procreación que en los varones; mucho menos relacionada con el placer sexual,
más monógama y mayormente vinculada con el deseo de afianzar una relación. Estas normas diferenciadas de la sexualidad
según el género provocan una construcción social de mujeres divididas en dos
tipos: las que tienen experiencia y experimentan placer, malas candidatas para
la unión matrimonial y la procreación, aquéllas que no son merecedoras de
respeto; y las que acatan las normatividades, que carecen o aparentan carecer
de conocimiento y sobre todo de experiencia sexual, la mujer que se hace
merecedora de ser candidata a la maternidad.
Si bien esto es el modelo dominante, también hay que decir que , como
construcción social que es, ante los cambios trascendentales en otros aspectos
de la vida social, están emergiendo personas y grupos para las cuales estas
normatividades ya son cuestionables.
Se habla también de
necesidades sexuales diferenciadas según el sexo. En México y en otros países similares está aún muy difundida la
creencia de que existen necesidades eróticas originadas en la biología que son
de los hombres y no experimentadas por las mujeres. (Figueroa y Rivera, 1993)
Las necesidades del hombre requieren ser satisfechas en todo momento. Esta creencia, basada en la
"naturaleza" provoca que las mujeres acepten estas diferenciaciones e
influye en la pasividad social hacia los abusos, la coacción y los intercambios
desiguales en materia sexual. Asimismo,
los varones deben ser expertos en sexualidad, en sensualidad y en placer, pero
en cuanto a la procreación ese es terreno femenino. Los varones también tienen y ejercen el derecho de experimentar
el placer sexual fuera de su pareja, manteniendo silencio respecto a ello en su
familia. En este sentido parecería que para cierto tipo de hombres
latinoamericanos no es suficiente la experiencia amorosa y sexual con su propia
pareja para que deje de sentir deseo de poseer a otras mujeres. Ya que interpreta al deseo como animalidad,
es como si el cuerpo se lo pide. El nuevo dilema que enfrenta el varón es la
fidelidad (Valdés, et. Al. 1998:10)
Además, presionan a las mujeres
a excluir expectativas de placer en sus relaciones sexuales, pero deben ser
expertas y responsables en cuanto a la reproducción. Los varones, a través de estos vínculos entre el género y la
sexualidad aceptan la presión para permanecer excluidos de las decisiones y
consecuencias en la procreación. (Szasz
1997:1-3)En todos estos aspectos queda claramente manifiesta la doble moral
prevaleciente.
La investigación se realizó
con sujetos varones, pertenecientes a los sectores medio y alto de la sociedad
mexicana, Ciudad de México, con altos niveles de escolaridad y considerados
profesionistas que realizan trabajo de corte intelectual, no manual. Sus familias de procedencia, procedencia
geográfica, tipo de familia, edades son muy variadas, con la finalidad de hacer
más representativa la muestra y tratar de establecer comparaciones por ejemplo
en el ámbito generacional.
El estudio se realizó con
base en la técnica de “relatos de vida” y se llevó a cabo una reconstrucción
con el sujeto acerca de su propia vida, desde la niñez hasta el momento
presente teniendo como ejes temáticos las diferencias genéricas y creación de
papeles genéricos en la familia y otras agencias de socialización; la
construcción de pareja, la reproducción y la paternidad; se preguntó también
acerca de planificación familiar, homofobia, aborto, características
principales de las parejas, entre otros aspectos.
Entre los resultados más
relevantes de la investigación realizada destacan:
RESULTADOS DE LA INVESTIGACIÓN.- (Síntesis
del análisis de las Entrevistas)
Me parece importante empezar
este apartado abordando algunos de los hallazgos metodológicos que se derivaron
de esta investigación. Un primer
elemento que me parece importante apuntar, sobre todo porque era una de las
inquietudes que discutí al iniciar este proyecto y además constituye un tema de
polémica actual en muchos Seminarios y Conferencias a los que he asistido
últimamente, es el referente al hecho de que una mujer emprenda este tipo de
investigación y sobre todo, como es el caso, sea ella la que realice el diseño,
aplicación, e interpretación de las entrevistas. Las razones y motivaciones,
así como la problemática social con la que se vinculan los temas tratados, los
he expresado en la parte introductoria de este trabajo. En este apartado el
punto a discusión central es: qué pasa cuando una mujer entrevista a varones en
temáticas tales como la sexualidad, la relación con las mujeres, su historia
familiar y su reproducción. Según alguno(a)s, este hecho hace que los varones
se inhiban y no respondan, o bien mientan para “quedar bien”, o inclusive que,
el entrevistado trate de emprender otro tipo de relación con la mujer que lo
entrevista. En ese sentido, se considera que la información obtenida es menos
válida que la que puede obtener un varón entrevistando a otro varón.
Después de realizar las
entrevistas puedo concluir que, en todo caso, la información que una mujer que
entrevista obtiene puede ser diferente, pero no necesariamente, por el hecho de
ser mujer es información menos fidedigna o de la cual hay que dudar más. Si
esto sucede será por otros motivos. Más bien, como plantea Figueroa, se generan
distintos tipos de representaciones por la composición del intercambio entre
hombre y mujer.
Considero que al emprender las entrevistas uno(a) debe
estar convencido(a) de que el sujeto que concede la entrevista comparte sus
percepciones y representaciones sociales y
sus vivencias con el o la investigador(a), quizá dependiendo del sexo
del(a) mismo(a). Lo que no se debe dejar de lado es el hecho de que, cuando se
abordan temáticas como las de esta investigación, que implican una
reconstrucción de la vida del sujeto, éste ya ha permeado por experiencias
posteriores, por los cambios que ha experimentado, etc, esas vivencias del
pasado y seguramente, en ese proceso, no se puede obtener información exacta de
cómo vivió el sujeto, en su momento, tal experiencia. En todo caso se lograron
obtener, a través del discurso de los entrevistados, percepciones reconstruidas
de hechos pasados.
A pesar de que conozco el
punto de vista contrario de alguno(a)s autore(a)s, por considerar que existe el
riesgo de provocar un sesgo, resalto la
importancia de que el (la) investigador(a) platique con la persona que va a
entrevistar, abiertamente sobre el contenido, fines, utilización de la
información, objetivos, anonimato, entrega de resultados una vez obtenidos para
poder compartir los logros del proyecto con el sujeto que ha dado parte de su
tiempo para contribuir a la investigación.
El consentimiento explícito del informante, cuando ya se le proporcionó
toda la información me parece un factor básico para que la entrevista pueda ser
exitosa.
En mi caso, antes de iniciar
las preguntas, me pareció fundamental dar a conocer al entrevistado con toda
precisión, de qué se trataba la entrevista, poniendo mucho énfasis en aquellos
aspectos que se consideran, socialmente, más difíciles de abordar. Por ejemplo las temáticas relativas a
sexualidad y prácticas sexuales, a la iniciación de la vida sexual, a sus
relaciones familiares más problemáticas o conflictivas, a la evaluación de su
propia educación, de sus parejas y sus conflictos en estas áreas, los traté
explícitamente y dejé a ellos la posibilidad de decidir si aún así querían
concederme la entrevista. A algunos de los sujetos ya los conocía, a otros no.
En este sentido es relevante el hecho de que este no fue el factor que permitió
una mayor comunicación. Considero que más bien son otros factores de carácter
personal, derivados de la historia de vida de cada persona, los que determinan
de manera más importante la capacidad, posibilidad y deseo de abordar estos
temas con cierta soltura y naturalidad. También resalta el hecho de que los
procesos que el sujeto vive en el presente influyen en que la entrevista tenga
mayor fluidez. Tal es el caso de sujetos que están pasando por ciertas crisis y
cambios personales y que se mostraron muy abiertos a comunicar sus
preocupaciones y expectativas, sus frustraciones y problemas, y que incluso
buscaron apoyo en la entrevistadora para tener elementos que les permitieran
abordar su problemática. Se les explicó
que ese no era el motivo de la entrevista y que no se contaba con la
capacitación necesaria para emprender por ejemplo, una terapia, pero que
existía esa opción.
Sobre todo en algunos casos,
fue para mi todo un reto el realizar algunas de las entrevistas. Resulta de verdad muy difícil acatar el
precepto básico de no hacer juicios de valor, de recordar en todo momento que
se debe mantener la “objetividad”. En
ocasiones es tan sorprendente constatar que en algunos sujetos está tan
internalizada la masculinidad hegemónica que son capaces de hablar abiertamente
inclusive de violencia física y simbólica; cuando afirman su superioridad en el
“porque si”, porque así son las cosas; cuando se refieren con hondo desprecio a
una mujer, es muy difícil conservar la ecuanimidad, y sin embargo, creo que lo
logré. Ese es un hallazgo que más allá
de lo metodológico aborda temáticas de carácter personal y de crecimiento
individual que me parecen centrales.
Así, el aprendizaje no es solamente teórico, metodológico, sino que
llega a lo más íntimo del propio(a) investigador(a) y establece una
confrontación con los valores que son propios a la persona que entrevista.
Pero, a la vez, resulta
personalmente muy gratificante, enfrentarse al discurso, los silencios, las
risas, de sujetos que muestran que algunos varones tienen una sensibilidad
realmente excepcional; que tienen la capacidad de cuestionarse a sí mismos, que
abiertamente expresan sus emociones; que lloran cuando recuerdan ciertas etapas
y personajes centrales de sus vidas; en fin, varones que están rompiendo de
manera profunda el estereotipo de la masculinidad hegemónica y que intentan
vivir de otra manera. Así como sucede
cuando compañeras mujeres expresan sus hondas contradicciones y dolores, la
investigadora experimenta un sentimiento conmovedor, cuando sucede este proceso
con personajes masculinos.
Uno de los resultados
centrales que puedo derivar de esta investigación, que viene a comprobar una de
las hipótesis del proyecto es que existe una enorme heterogeneidad en las
formas en que se vive la sexualidad, la reproducción y la paternidad. A pesar
de que muchos y muchas ya plantean tal heterogeneidad, puede constatarse en
ciertos estudios, que persiste cierto esencialismo y generalizaciones que creo
no contribuyen al avance en el conocimiento de estos temas. De ahí que
constatar tal heterogeneidad puede considerarse una de las aportaciones del
estudio que se presenta. Pude comprobar que, si bien es cierto que existen
características compartidas por los sujetos masculinos, que pueden corresponder
a rasgos de la denominada “masculinidad hegemónica”, también existen
diferencias importantes entre ellos, en cuanto a percepciones, experiencias,
actitudes y comportamientos en los temas tratados.
A pesar de pertenecer, más o
menos, a un mismo sector socioeconómico, cultural, étnico; de tener similitudes
importantes en cuanto al grado de escolaridad; a que viven en una gran
metrópoli y lo han hecho al menos durante muchos años; a que tienen todos ellos
una profesión y ocupación “no manual” y que se trata de personas con un acceso
bastante amplio a la cultura, a los medios de comunicación, a la “modernidad”
que nos viene del extranjero, que están insertos ampliamente en los procesos
derivados de la “globalización”, a pesar de todo esto, entre ellos existen
diferencias muy importantes.
Poder llegar a resultados
respecto a las causas de estas diferencias resulta una tarea sumamente
compleja. De hecho podría decirse que
por la complejidad de la conformación de estas actitudes y comportamientos
relativos a la sexualidad, a la reproducción, a la relación con las parejas, se
trata de fenómenos y procesos que tienen muy diversas determinaciones y
condicionamientos. En algunos casos
aparece nítidamente cuales han sido los factores que han hecho que el sujeto
específico, por ejemplo, presente una mayor adaptación a las normatividades e
instituciones, que otros que, a lo largo de su historia de vida han aprendido a
resistir ciertas normatividades y en ocasiones a transgredirlas. Los momentos cruciales de crisis de los
sujetos son muy variados, por ejemplo, derivados de rupturas de pareja y también
derivados de situaciones de paternidad no deseadas ni planeadas; su historia
desde el nacimiento también tiene enormes divergencias con otros sujetos.
Pude también constatar que
más que la edad, la generación a la que pertenece el sujeto tiene cierta
influencia, básicamente en términos de
si la generación a la que pertenece vivió en el momento de la juventud rupturas
y cuestionamientos sociales y políticos más generales y el sujeto se insertó en
tales movimientos o no lo hizo. De ahí
que resulte relevante documentar que los sujetos que vivieron intensamente el
movimiento del 68 en México, poseen un discurso mucho más abierto, comparados
con jóvenes que podrían ser sus hijos y que en lugar de un discurso de cambio,
manejan uno que corresponde más a características de la masculinidad hegemónica.
En lo que se refiere a la familia de origen, existen matices importantes en las
respuestas. Algunos de los sujetos
calificaron abiertamente a sus familias como autoritarias, otros, como
negociadoras y algunos otros las calificaron como una combinación de ambas. En
este discurso resalta el hecho de que para muchos de los informantes, al menos
como lo pude percibir, es muy difícil cuestionar a sus familias, seguramente
por la vinculación normativa asumida. En una primera instancia las justifican,
aunque a lo largo de la entrevista dejan notar que los mensajes educativos
eran, en general, abiertamente
verticales y poco democráticos.
Es también de resaltar el
hecho de que no se corroboró que el padre, figura fuerte, lo sea en todos los
casos. Existe también el modelo de la
madre que es quien disciplina, en los cuales el papel de “negociador” lo tuvo
el padre de familia.
Algunas de las familias de
procedencia permanecieron unidas hasta la muerte de alguno de los padres; en
otros casos se dan cambios radicales en la vida de los sujetos, sea por muerte
de la madre, abandono del padre, separación de la madre de manera abrupta, o
bien por la separación de los padres. En este aspecto encontré también gran
heterogeneidad. Es interesante asimismo
resaltar que pude encontrar casos de sujetos en los cuales la madre no cumplió
el papel asignado socialmente por su género e incluso lo transgredió de manera
radical, a través de haberse decidido, a pesar de tener hijos, a tener una vida
sexual activa con varias parejas. Lo
interesante es que la evaluación del entrevistado ante este hecho no es de
reprobación, como podría esperarse acorde al estereotipo, sino de comprensión y
en todo caso el cuestionamiento se refiere al hecho de que, debido a las
decisiones de su madre, él padeció violencia intrafamiliar.
Un resultado interesante que
se deriva de estas entrevistas es que el divorcio de los padres en sí mismo no
es un problema, en ocasiones, constituye una verdadera liberación para los
hijos. Lo que narran como importante es
poder contar tanto con el padre como con la madre, pero no necesariamente
unidos. De hecho recuerdan el momento
de la decisión del divorcio como una posibilidad de empezar a vivir con
tranquilidad y armonía, no obstante los cambios que esta decisión de los padres
generó en la vida de los sujetos.
Parece indiscutible que la
influencia de la familia en el proceso de formación de los sujetos es
fundamental. Pero los efectos pueden ser muy diversos. No necesariamente el sujeto repite la
historia de su familia de origen. A
menudo, al menos de acuerdo a los resultados de esta investigación, una niñez
difícil y conflictiva, o una adolescencia crítica, más bien lleva a los sujetos
a buscar construir relaciones que les puedan proporcionar mayor felicidad y
tranquilidad. Y, a la inversa, sujetos que vivieron en una familia armónica,
han construido familias y parejas caracterizadas por el conflicto permanente.
En cuanto a los papeles
diferenciados del padre y de la madre encontré también diversas experiencias. Un resultado que me parece de resaltar es el
referente a que la evaluación que se hace de los padres a menudo no tiene que
ver con que éstos asumieran funciones tradicionales. Es decir, no por la presencia permanente de la madre, por su
falta de participación en el mercado laboral, los hijos tienen mayor
comunicación con ella, mayor respeto, un recuerdo afectuoso. En ocasiones la madre trabaja, tiene que
dejar largos periodos de tiempo a los hijos y ellos las valoran mucho. En otros
casos, la división tradicional del trabajo al interior de la familia, y el
papel de proveedor del padre y ama de casa de la madre no generó conflicto. Por
el contrario, en la narración de algunos de los sujetos queda en evidencia que
sus padres constituyeron parejas estables y felices y que esta división, que
ahora ellos saben que se cuestiona, en esos momentos se vivía como “natural” y
no generaba ningún conflicto. En otros, la madre tradicional, siempre presente,
es vivida por los hijos como una persona que no valoró el esfuerzo del padre.
La falta de carácter, según palabras de los entrevistados, o la
irresponsabilidad, definida también por ellos mismos, son factores que si
generan un cuestionamiento grave acerca del padre. En ambos casos los sujetos declaran no querer repetir la
historia. Lo que sí es general es que con sus hijo(a)s quieren construir
relaciones más democráticas y afectivas, a pesar de que, sobre todo los padres
que tienen ahora hijos adolescentes, se quejan de no ser tomados en cuenta, al
menos, de acuerdo con el modelo que sus padres les enseñaron a ellos. En otros
casos, en uno especialmente, es de destacar el hecho de que a pesar de que el
sujeto vivió, según su narración, en una familia más o menos armónica y en la
cual sus padres siempre le transmitieron por ejemplo la importancia del respeto
a la mujer, el entrevistado tiene comportamientos hacia las mujeres que
implican no solamente el cumplimiento de las características de la masculinidad
hegemónica, sino un profundo rencor e inclusive violencia.
Pude también constatar que la
importancia de la familia es tal que aparecen historias en las que el sujeto,
sin asumirlo con total conciencia, ha vivido durante largos años una relación
matrimonial realmente destructiva, porque en su imaginario un hombre
responsable hacia sus hijos nunca puede romper su relación matrimonial. Este es un mensaje que le fue transmitido
por sus padres, no solo a través del discurso sino con la vida cotidiana y que
fue hondamente internalizado por el sujeto al haber vivido el refuerzo de tales
valores en una escuela confesional durante un largo periodo de su vida.
También debo destacar que en
estas entrevistas aparece el caso de una crítica abierta a la figura
materna. El sujeto encuentra en su
evaluación que su padre representa un personaje fundamental, ético, responsable
y comprometido; mientras que la madre aparece como el sinónimo de la frivolidad
e incluso la tontería. La pésima relación
con la madre constituye un factor de profundo problema para el entrevistado,
aún ahora que es un adulto y que ha pasado por procesos de análisis a través de
diversos métodos y Escuelas.
Otro resultado a destacar es
el que se refiere a las diferencias que los entrevistados vivieron en el seno
de su familia de origen en el caso de presencia de hermanas, derivadas de
desigualdades de género. En el proceso
de formación de estos sujetos se dieron cuenta de que, para sus padres, la
educación escolarizada de ellos era fundamental. Con diversos matices la de las hermanas no era tan
importante. Persiste la idea de que en
última instancia la mujer, a la larga, será esposa y madre y que el varón será
el encargado de ella. En todo caso, el
“hombre bueno y decente” es el que ve por su familia. Por ello, en sus hogares era central que ellos llegaran a tener
una profesión que les permitiera “responder” por las familias que
formaran. Las hermanas en cambio,
debían ser cuidadas de manera diferente. Persiste también cierta idea del
“honor” de las mujeres, que debe ser resguardado en y por la familia. Los varones, ellos, en cambio, vivieron
siempre con mayor libertad. Lo
justifican por el hecho de que sus padres se preocupaban por la seguridad de
sus hermanas. Apareció inclusive en las
entrevistas el caso extremo en el que las hermanas, por muerte de la madre, se
encargaron de la educación y cuidado de los niños varones y nunca pudieron
lograr autonomía e independencia, ni siquiera cumplir con el estereotipo de
mujer-madre-esposa.
En cuanto a los valores que
recibieron de sus padres existe coincidencia en algunos como son: honestidad,
responsabilidad, en algunos el amor a los otros y “nunca doblegarse”.
Introducen algunos de ellos la Justicia. Aunque en algunos casos el padre fue
irresponsable y ausente, hay un consenso en el hecho de que los padres se
sacrificaron por ellos; que, salvo excepciones, priorizaron el bienestar de la
familia.
En este contexto, la
concepción acerca de lo que “qué
significa ser hombre” que se recibió
como mensaje coincide en que un hombre es un sujeto honesto, responsable,
trabajador, también protector. En algunos casos incluye la categoría de
exitoso. Para muchos incluye el mensaje, implícito o explícito de que ser
hombre, o más bien para llegar a serlo, hay que formar una familia y ser capaz
de responder por ella. En muchos casos aparece también la figura del proveedor
e inclusive la definición del ser hombre por la capacidad de “aguantarse”. En
algunos casos está también implícita la violencia en la definición de “ser hombre”
El aspecto de la religión
tiene también coincidencias en estas entrevistas. La mayor parte de los sujetos provienen de familias que se
declaran católicas, pero en muchos de los casos este aspecto en términos de práctica
cotidiana referida al cumplimiento de ciertos ritos es bastante relativo. No obstante, en ellos aparecen los valores
morales que a través de la religión se transmiten. En un cierto sentido positivo aparece la idea de la
responsabilidad y el compromiso, en el sentido más negativo pude constatar que,
a pesar de la educación superior y el acceso a muchos recursos culturales, el
informante tiene a tal punto internalizado tales valores que aparece por
ejemplo el sentimiento de “culpa” cuando considera haber actuado pensando en sí
mismo y “fallado” a lo que se esperaba de él. Cuando se trata de ruptura con la
madre de los hijos, se genera un sentimiento que lo ha acompañado por muchos
años y que ha derivado en cierta imposibilidad de establecer relaciones sanas
con sus futuras parejas.
Para algunos informantes la
religión es realmente algo nocivo, curiosamente en casos en los que recibieron educación confesional y no quieren
repetir este proceso con sus hijos e hijas; en otros casos, en los que la religión
no tuvo un papel tan impositivo, el sujeto considera que la religión es
positiva moralmente porque constituye
un freno; en otros casos el discurso de los informantes que no fueron educados
en ninguna religión, muestra que evalúan los aspectos religiosos como nocivos y
dogmáticos, y que, de ninguna manera deben estar presentes en la educación de
los hijos e hijas.
En algunos casos a través de
la vida los sujetos van cambiando sus percepciones respecto a la religión. En
otros casos, sobre todo en aquellos cuyos padres no tenían religión alguna e
inclusive fueron perseguidos por sus ideas, como es el caso de republicanos
españoles, o padres con ideas socialistas o comunistas, los entrevistados no
han variado su evaluación negativa respecto a la religión.
En cuanto a la información
sobre sexualidad en el hogar, encontré muchas variedad de casos. En el extremo, algunos declaran que ese era
un tema que no se podía abordar en su casa, en otros la información se refería
más bien a “protección” y “salud”. En el otro extremo aparece el caso en el que
el sujeto narra que la sexualidad era simplemente un tema natural que se podía
abordar así, con la mayor naturalidad.
En algunos casos fueron los padres varones quienes hablaron del tema; en
otros los hermanos y en otros las madres, inclusive también en dos extremos. Un
caso, como pecado, casi algo que enferma; otro, una maravilla.
En lo que se refiere a la iniciación de la vida sexual destacan
algunos resultados. Pude constatar que
en la mayoría de los casos, en sus hogares no se trató explícitamente el tema.
En algunos casos se daba por hecho que ellos se iniciarían en la vida sexual y
que eso era lo normal; mientras que si había hermanas se daba por hecho o se
trataba de construir la “castidad”. En general los entrevistados lograron
informarse o “desinformarse” acerca de la sexualidad sin el apoyo de sus
padres. En todo caso lo que se hablaba en sus casas, si es que se hacía, era
básicamente referido a las consecuencias: embarazos no deseados, enfermedades,
etc.
Para muchos de ellos la
sexualidad representaba un tema de interés, a veces derivado de su desarrollo
físico normal, en otros porque en su medio se hablaba del tema y era como un
reto. Es curioso observar que en muchos casos ellos declaran que no recibieron
presión alguna para su “iniciación” pero a lo largo de las entrevistas se puede
constatar que vivieron un ambiente en el cual la sexualidad si era una especie
de reto y de alguna manera, aunque a menudo matizada, sí vivieron cierta
presión o estímulo. Apareció el caso en el que la iniciación se dio tardíamente
(de acuerdo a la moda de su generación), pues pretendía llegar “virgen” al
matrimonio, como le dijeron que “debía ser” tanto en su casa como en la escuela
y la iglesia. Para este sujeto la sexualidad constituyó todo un tema de preocupación
y narró que le pareció fascinante recibir aplausos después del acto sexual, y
sobre todo, haberlo llevado a cabo en la cama de sus padres.
Algunos de estos sujetos se
iniciaron con una sexo-servidora profesional, en algunos casos inducidos por sus
padres varones; en otros la iniciación se dio con una amiga o con la novia en
turno. En otros, la experiencia se vivió con la futura esposa. En general se
pudo constatar que los informantes llegaron a esta vivencia con muy poca
información y aunque en su mayoría lo recuerdan como experiencia placentera, es
interesante constatar que para la mayoría de ellos no sería deseable que sus
hijos y menos aún sus hijas se iniciaran de la misma manera.
En virtud de que la pregunta
se vinculó con su percepción acerca del tema en relación con los hijos e hijas, resultó relevante
documentar que para ellos en general, salvo excepciones, aunque en una primera
instancia declaran que los hijos y las hijas tienen los mismos derechos, cuando
se ahondó en el tema se constató que sigue prevaleciendo una cierta ”doble
moral”. Justifican este hecho hablando de que para ellas la pérdida de la
virginidad es un hecho de mayor trascendencia, que tienen miedo de que sufran,
incluso físicamente. En general las
consideran más vulnerables y están convencidos de que requieren mayor cuidado.
En cuanto a la influencia de
los “pares” en el inicio de la vida
sexual también existe gran variedad de respuestas. Algunos recuerdan que constituía todo un tema importante, incluso
que ejercían cierta presión. En otros casos no recuerdan que los amigos
tuvieran importancia o influencia en este proceso de sus vidas.
Resulta relevante el
resultado de la investigación en el sentido de que las escuelas no tuvieron ningún papel en cuanto a la información que
recibieron los sujetos sobre sexualidad.
El papel de esta institución es prácticamente nulo, cuando no
desinformador y nocivo, como en el caso del informante educado en escuelas
confesionales en las que los instructores le dijeron una serie realmente larga
de mentiras respecto a la sexualidad, como quedó de manifiesto en su
testimonio.
La evaluación que los
entrevistados hacen respecto a la homosexualidad, por lo menos en sus
testimonios, hace pensar que se trata de personas que ven con naturalidad la
preferencia sexual de cada quien. No
establecen, según ellos, ningún juicio de valor negativo al respecto, a pesar
de provenir de familias en las cuales, en algunos casos, la homosexualidad era
vista como antinatural o como enfermedad.
No obstante, en general no les gustaría que sus hijos fueran
homosexuales y lo justifican por el hecho de que la sociedad no es aun, al
menos en México, permisiva ante este hecho y podrían sufrir mucho al verse
segregados o juzgados socialmente.
Relaciones de Pareja y Paternidad.-
En cuanto a la historia de
sus relaciones con parejas más o menos estables el estudio cuenta con una gran
heterogeneidad como puede verse en el capítulo de las entrevistas. Se trata de sujetos que nunca se han casado,
otros que se han casado y divorciado, otros vueltos a casar, algunos unidos por
largos años pero nunca casados, otros que han tenido muchos matrimonios.
En términos generales para
todos ellos la sexualidad tiene un
papel central, fundamental en la conformación y estabilidad de la pareja.
Como establecí en el capítulo
correspondiente y creo que es un resultado que hay que destacar, algunos
varones piensan que las mujeres “usan” su sexualidad para manipularlos, para
controlarlos o castigarlos. Esta
situación los lleva a construir una justificación ante sí mismos y ante los
demás para tener relaciones paralelas
con otras mujeres. En algunos casos
pude constatar que abiertamente declaran que son perfectamente capaces de vivir
la sexualidad como un hecho meramente carnal, separado del afecto.
Pude comprobar que como se
plantea en otras investigaciones (Seidler, 1995) existe una “masculinidad
heterosexual dominante” que se sostiene dentro de la esfera pública en el
trabajo. En general todos los sujetos
que entrevisté dan a su trabajo un papel prioritario en su vida y dedican a
éste la mayor parte del tiempo. Consideran que su esfuerzo en esta esfera es
tan grande que deben recibir reconocimiento por parte de sus parejas y a menudo
es tal la presión exterior que tienen poca energía para dedicar a su relación
de pareja; por su parte, según la narración de los propios sujetos, las mujeres
(compañeras o esposas) han aprendido a acallar sus demandas. Si se trata de
mantener la relación de pareja ambos consideran que es mejor no ahondar en
diferencias y tomar la parte gratificante de la relación sin cuestionarse
demasiado. Esto es más común en la
esfera de la sexualidad. Muchos de ellos encuentran en relaciones paralelas,
continuas o esporádicas, una manera de “desfogue” para no confrontarse al
interior de sus familias. En otros
casos, la situación conduce a
conflictos y a rupturas.
Para muchos de ellos, al
menos en su discurso actual, no tiene importancia las relaciones anteriores de
carácter sexual o de pareja que sus compañeras o esposas hayan tenido. También
para la generalidad de ellos no existe esa clasificación tradicional,
estereotipada de la mujer: una para divertirse, otra para hacer familia. Documentan que para ellos lo importante es
encontrar en una sola mujer todo lo que necesitan. Reproducción y placer deben
estar unidos. No obstante, la
evaluación de su pareja va transformándose con el tiempo y a menudo la relación
puede perdurar a pesar del “enfriamiento” de la relación en términos
sexuales. Esto es así favorecido por el
hecho de que la mayoría de ellos, sobre todo los que tienen o han tenido
relaciones de largos periodos de tiempo, sus relaciones conyugales han sido
acompañadas por relaciones paralelas. Para algunos de ellos estas relaciones son
benéficas, porque “dan aire” a la relación, la hacen más duradera. Para otros,
la experiencia de este tipo de relación ha llevado a la ruptura de sus uniones
y a la “culpa” por afectar a los hijos. Para algunos sujetos las relaciones
extramatrimoniales son siempre placenteras. Las tienen con mujeres que
consideran que son sus verdaderas amigas, con las que además de actividad
sexual desarrollan una comunicación que se ha roto al interior de su pareja
conyugal. Declaran querer a todas,
aunque con distinta intensidad y quizá manera. Declaran que no están dispuestos
a romper sus vínculos matrimoniales y que son básicamente sinceros con las
parejas eventuales, que saben siempre a que relación entran y lo que pueden
esperar de ella. En general, consideran que es un tema que salvo cuando se
quiera romper la relación matrimonial, nunca debe hablarse con la pareja,
incluso hay que negar que existen estos hechos y esta es una “enseñanza” que
según algunos de los entrevistados les fue transmitido por su padre. A la inversa, consideran que si fueran las
mujeres quienes pudieran vivir tales experiencias, en general, ellos
preferirían desconocerlas. También en
general subyace la idea de que este caso sería más grave, porque en su
concepción, la sexualidad tiene para la mujer mayores implicaciones. Quizá por
ello, en prácticamente ninguno de los
testimonios apareció que el sujeto considere posible tales experiencias por
parte de su pareja. Pude también
documentar casos en los que la relación tanto con la mujer-pareja-estable, como
con las mujeres con las que se tiene una relación paralela no es de ninguna
manera integral o gratificante y el sujeto está permanentemente tratando de
cumplir con un desempeño sexual que lo define, que lo construye cotidianamente
como “hombre”. En este sentido el tema de la impotencia, sobre todo en este tipo de sujeto, constituye una
experiencia, evaluada por él mismo, como lo peor que le puede pasar a un
hombre, causa de la depresión más profunda que se puede sufrir.
La división entre géneros y la inequidad imperante en nuestra sociedad
queda de manifiesto en los testimonios de los informantes respecto a la
posibilidad de que su compañera o esposa tenga relaciones sexuales con otros
hombres, manteniendo la relación de pareja con ellos. Considera, en general, que a pesar de que teóricamente les
conceden el mismo derecho, en la realidad no lo soportarían y esto es así
porque atribuyen a la sexualidad femenina característica distintas a las de los
varones. Es decir, según ellos, los hombres pueden tener relaciones paralelas
sin cuestionar, de fondo, su relación estable y su familia; pero, como según
ellos, las mujeres vinculan afecto y deseo sexual, en caso de que ellas vivan
estas relaciones significaría que su relación de pareja ya no existe, está
totalmente cuestionada. Una valoración distinta para los comportamientos,
dependiendo del sexo. Únicamente en uno
de los casos apareció la idea de que la posibilidad de una “infidelidad” de la
esposa implicaría para él un cuestionamiento de que ha faltado hacer por parte
de él, las razones de porqué la mujer necesitó de otra relación, más que una
descalificación o cuestionamiento.
En otros casos, algunos de
los sujetos aceptaron que promovieron, en ciertas etapas de su vida,
“relaciones abiertas”, en las que era válido tener relaciones paralelas, ellos
y sus mujeres, aclarando que en su concepción actual, ya siendo adultos,
mayores de 50 años, la fidelidad es importante para mantener una relación
adecuada de pareja.
En cuanto al matrimonio y/o relaciones estables con
mujeres pude constatar que existe una
gran diversidad de procesos y motivaciones. Como he apuntado la sexualidad
tiene un papel central en las expectativas y vivencias de estos varones en
cuanto a sus uniones, pero de ninguna manera constituye el único factor a
considerar.
Para muchos de ellos es
comprensible que las uniones se rompan,
atribuyéndolo en parte, a la
larga esperanza de vida que se tiene en la actualidad. Ya es difícil, dicen,
vivir bien con la misma mujer durante tantos años y, sobre todo, mantener una
sexualidad activa y gratificante con esa misma persona. Pero hay otros factores centrales al formar
una familia y para la permanencia de los matrimonios y uniones, como lo es y
muy básicamente la existencia de hijos e hijas.
Aquellos que han tenido rupturas y han emprendido nuevas relaciones con parejas estables
han vivido muy diversas experiencias.
En uno de los casos extremos, la existencia de hijo(a)s de uniones
previas es un factor que el sujeto percibe como el fundamental para posteriores
rupturas, dada la incomprensión de las parejas subsecuentes respecto a sus
responsabilidades hacia los hijo(a)s y más aún el profundo deseo emocional de
convivir con ellos, de estar presente y satisfacer sus necesidades, no sólo
materiales. En otros casos, la
existencia de hijo(a)s de parejas previas no ha implicado problema serio con
parejas posteriores y se ha logrado establecer armonía y estabilidad.
En cuanto al aspecto
específico de la reproducción de los
varones entrevistados, también pude documentar coincidencias y algunas
divergencias de importancia. Como
establecí en el capítulo correspondiente, es importante considerar la etapa del
ciclo de vida del sujeto para estos análisis, así como las circunstancias
específicas en las que se dio la reproducción, básicamente la relación que en
su momento se tenía con la pareja, la estabilidad de la misma, las
posibilidades reales que el sujeto tenía para que esa relación resultara
duradera, entre otras.
En algunos casos la
reproducción del sujeto se dio de manera deseada y planeada, una vez que se
vive en pareja, se han cumplido ciertas condiciones sociales y económicas y se
percibe la estabilidad. En otros ha sido diverso el proceso en la vida del
sujeto, algunos hijos fueron planeados, otros no. En el caso extremo aparecen casos de paternidad no deseada ni
planeada en su momento, con diversos desenlaces y consecuencias. Un hecho que
pude documentar es que en términos generales, una vez que nace el hijo(a),
independientemente de las condiciones, los varones se involucran, de manera
diversa en su proceso de paternidad.
Algunos de ellos incluso se casan, otros no. Algunos permanecen muy
cercanos a los hijos y otros simplemente los proveen de bienes materiales y
eventualmente tienen relación cotidiana con ellos. Este último caso es el menos frecuente en de mi investigación,
pues en general, la reproducción constituye para ellos un proceso de enorme
importancia.
Es interesante también
resaltar el caso del informante varón que asume abiertamente que se casó
siempre pensando en formar familia, es decir, en tener hijos. No concebía la vida sin reproducirse, y
curiosamente eligió para ese proyecto a una mujer que no deseaba ser madre y a
la que presionó de muy diferentes formas para tener familia. Las consecuencias de este hecho han sido
desastrosas a lo largo de la vida de toda esa familia. Esto contrasta con la idea, bastante
generalizada, de que las mujeres siempre desean ser madres y que son los
varones los que a menudo se oponen, por lo menos por un tiempo, hasta tener las
condiciones que ellos consideran indispensables para reproducirse.
Como dije anteriormente, de
manera general pude constatar que para la mayoría de los sujetos la paternidad
es un hecho que llega en algún momento, pero que no se planea, al nivel que
puede hacerse por ejemplo con un proyecto académico, de formación, de trabajo.
La paternidad simplemente llega en algún momento de la vida, normalmente como
algo por lo que se debe pasar en algún momento de la vida, es como una etapa
más. A menudo el momento es definido más bien por la pareja. No es que la
planeen, es que llega. Algunos de ellos incluso consideran que si se piensa
mucho, nunca se daría la reproducción, pero es un paso necesario, es sinónimo
de trascendencia, es un hecho “natural”.
Así como se establece en los
resultados de otras investigaciones recientes (De Oliveira, Coleta,1999) pude
constatar que, tanto el matrimonio como la reproducción son eventos de la vida
de los varones que no son realmente planeados, son situaciones que suceden,
muchas veces porque se llega a una determinada edad, en otros, porque la mujer lo decide así. Para ellos existe en el futuro, sin
definición de cuando, una unión más o menos permanente, así como los eventos
reproductivos. Ellos, en general,
planean su vida en otros terrenos. Algunos aspiran a tener una profesión, una
actividad laboral gratificante ; a algunos les importa alcanzar el “éxito”
económico o cierto estatus ; para otros, el conocimiento, el crecimiento
individual es la meta. Para ello si se
preparan, lo planean, pero para esos procesos vitales fundamentales no dedican
mucha reflexión.
Para la mayoría de los
sujetos que entrevisté la paternidad
es una gran responsabilidad, a la vez que una experiencia maravillosa que
requiere de su madurez, de su compromiso. Para la mayoría de ellos la
paternidad es vista como trascendencia, como una forma de proyectarse y esto
hay que destacarlo, para la mayoría es una experiencia gratificante, que los
hace crecer en el terreno emocional, que les permite establecer en lazo
emocional y afectivo que evalúan como único. No es solamente responsabilidad,
aunque lo es básicamente, es también gratificación, recreación y aprendizaje
mutuo, es incluso muy divertido.
Pude documentar que la
presencia de los hijo(a)s es para algunos sujetos también un freno y un motivo
para la estabilidad de uniones no totalmente placenteras. Sus relaciones paralelas sexuales son de
alguna manera “frenadas” en aras de los hijo(a)s. Muchos varones consideran que ellos deben ser un ejemplo para sus
hijo(a)s y eso implica refrenar su sexualidad “irrefrenable”; y en el caso de
mantener relaciones paralelas, cuidar de no afectar a la familia, ya no es sólo
la mujer y ya no lo es básicamente, lo importante son los hijo(a)s.
Para muchos de los
entrevistados la vida cambió cuando nacieron los hijos; la relación con la
pareja, cuando la tenían, se modificó substancialmente y lo asumen también como
algo que “es así”. Consideran que no tendría que ser así y que incluso hay que
tratar de que la pareja siga existiendo con independencia de los hijo(a)s, pero
reconocen que eso es algo muy difícil de lograr. De hecho parece que sin la
existencia de los hijo(a)s las relaciones son más efímeras.
Un tema relevante que debe
destacarse como una contribución de esta investigación se refiere a la búsqueda
explícita para conocer si los varones viven “malestares” en el ejercicio de su sexualidad y de su paternidad.
En general los sujetos entrevistados no manifestaron malestares por su
paternidad, con excepción de aquéllos que consideran que los hijo(a)s les
fueron “impuestos”, que abiertamente negociaron con sus parejas que no
tendrían, al menos en ese momento un embarazo, y que ellas los “engañaron” para
lograr mantenerlos a su lado. En esos
casos el malestar es muy grande, y sin embargo, una vez nacido el hijo(a) los
varones establecieron algún tipo de compromiso y de lazo afectivo con los
hijo(a)s. Para el resto, a pesar de
vivir la paternidad como gran responsabilidad, la evalúan como una experiencia
maravillosa que ha implicado un enorme disfrute.
En cambio, por lo que se
refiere a sus relaciones de pareja,
los varones manifiestan, en general, muchos
malestares. Aunque la entrevista la realicé preguntándoles a ellos, y me
parece muy importante hacérselas a ellas, a lo largo de la misma fueron
apareciendo las percepciones que según ellos tienen sus parejas y se puede
afirmar que, en los casos en los que ellos manifiestan molestias, también ellas
las están viviendo, con otras percepciones, explicaciones y soluciones. En los
casos de conflicto profundo y a menudo abierto, las causas de los problemas son
vislumbrados de manera muy distinta por ellos y por ellas, según el testimonio
de los varones.
En lo que se refiere a las
preguntas relacionadas con los papeles
genéricos en la pareja existe
también gran heterogeneidad. Se pudo constatar que en algunos casos, los
varones entrevistados han elegido parejas que cumplen más o menos con el
estereotipo femenino de mujer dependiente, sin recursos económicos propios
derivados de un trabajo remunerado y que más bien han cumplido el papel de
esposa-madre-ama de casa. Algunos de
ellos, en posteriores relaciones con las mujeres, han establecido el vínculo
con mujeres más independientes. Aparecen casos en los cuales las mujeres son
las principales proveedoras económicas de sus hogares y este hecho es vivido
con naturalidad por los varones. En uno de los casos el sujeto posee actitudes
y comportamientos que pueden definirse como de una “nueva masculinidad”, o una
“masculinidad emergente”, pues no divide al mundo de acuerdo al género ni en
función de la doble moral prevaleciente, sino que sostiene que tanto hombres
como mujeres tenemos los mismos derechos y también obligaciones. En otro caso, por el contrario, el sujeto no
se responsabiliza de la manutención del hogar simplemente porque no desea
hacerlo y eso no lo lleva a establecer con su pareja relaciones más equitativas. En otros casos los varones son proveedores
totales de sus hogares, porque así debe ser, según sus percepciones y ese
hecho, según ellos, no genera ningún tipo de conflicto.
En algunos casos, tanto ellas
como ellos tienen hijo(a)s de primeras uniones y este hecho a causado ciertos
problemas. En otros casos la
convivencia ha sido adecuada y no ha causado conflicto.
Uno de los hallazgos de la
investigación que me parecen relevantes es el relativo a que hay varones que viven malestares con sus nuevas
parejas derivados de que ellos desean practicar una paternidad afectiva,
responsable, cercana y en las nuevas parejas eso genera mucho conflicto, pues
según el discurso de los varones, ellas desearían que todo el tiempo y recursos
económicos se les dedicara a ellas y no a hijo(a)s producto de anteriores
uniones de estos varones.
Como se estableció en el
capítulo correspondiente, las experiencias son muy variadas, pero se puede
afirmar que para ellos la construcción y permanencia de la vida en pareja
constituye un proceso muy difícil, cuando no, abiertamente conflictivo. Es de resaltarse el hecho de que en algunos
casos desde el inicio de la relación de pareja ésta no funcionó. En otros, es claro el hecho de que las
parejas pudieron haber vivido una relación en principio muy gratificante, que
fue deteriorándose a lo largo de la vida.
En algunos casos esa situación derivó en ruptura, en otros casos, la
relación permanece y una de las justificaciones para tal decisión son los
hijo(a)s. Los varones manifestaron
diversas causas para explicar tal deterioro de sus relaciones con las
mujeres. Como hemos dicho el factor de
la sexualidad tiene un peso importante, pero muchos de ellos consideran que
existen otros factores también muy importantes que resumen, en general, en
términos de una ruptura en su comunicación, presiones, atentados a su libertad,
falta de respeto y comprensión, entre otras.
Sexualidad y otros aspectos aportados por los
entrevistados relativos a la construcción de pareja.-
En lo referente a la relación
con la(s) pareja(s) pude constatar que la sexualidad es un terreno de la mayor
importancia para los varones ; constituye una parte central de la
construcción y armonía de la pareja. La
mayor parte de los entrevistados considera que no ha vivido su sexualidad como
rendimiento, y que para ellos constituye un verdadero disfrute. Aunque apareció
el caso en el que la sexualidad si es
rendimiento y cuando han sentido que no “cumplen” en este sentido, ven
claramente cuestionada, ante sí mismos, su calidad de “hombre”, su “virilidad”,
su “masculinidad.
La mayoría considera que el
ideal, es encontrar en una sola mujer a la compañera, la amiga, la madre, la
amante y desearían que las mujeres aceptaran tener prácticas sexuales, con
ellos, que fueran más versátiles, libres, creativas. La sexualidad implica, para muchos, una real y positiva
comunicación con la pareja. Consideran importante que se de una negociación con
la pareja en este terreno, pero evalúan que ésta es muy difícil porque la gente
no acostumbra hablar abiertamente de esto y se trata de un terreno sumamente
delicado. Al hablar se puede incurrir en ofensas que después resultan
irreversibles y dañinas. Inclusive, se
da el caso de varones que ya renunciaron a tocar el tema y dicen “consolarse”
manteniendo relaciones extramatrimoniales de carácter sexual.
Pude constatar que a algunos
varones las experiencias vividas a lo largo de su historia los han hecho
cuestionarse a sí mismos, y tratar de cambiar, pero a otros no les han servido
para cuestionarse, sino incluso en algunos casos, para ratificar ante sí mismos que tienen la razón y que ante las
“exigencias” femeninas ellos deben resistir y usar todo su poder para no ser
desbancados de su situación de privilegio y ejercicio de poder.
Planificación Familiar.-
También es de resaltar el
hecho de que en general, los entrevistados siguen dejando en manos de las
mujeres la responsabilidad de la planificación familiar. En ninguno de los casos ellos se oponen a
tal planificación e inclusive parecen tener bastante conocimiento en cuanto a
métodos, pero son ellas quienes van al Doctor(a) y quienes toman, se ponen o se
inyectan los anticonceptivos. No
obstante haber vivido experiencias de embarazos evaluados por ellos como
claramente “impuestos” por mujeres que les pusieron “trampas” para obligarlos a
quedarse con ellas, estos informantes y sobre todo ellos, no participan
directamente en la planificación familiar, siguen dejando esto a las mujeres. En el otro extremo hay casos de sujetos que
no solamente no dejan a la mujer sola en esto, sino que ya se han practicado la
vasectomía. En otros casos son ellos
los que se “cuidan” y para ello utilizan el condón y en algunos casos el
control eyaculatorio. En general el uso del condón no es una práctica
generalizada en estos informantes, aun en el caso de relaciones eventuales y/ o
paralelas a su relación estable, lo cual no de debe a desconocimiento, sino a
falta de responsabilidad, inclusive en términos de salud. Esta práctica viene a
constatar la idea, reiterada en muchos estudios, de que los varones, derivado
de su forma de vivir su masculinidad, no tienen cuidado alguno por su propio
cuerpo y salud y sienten que tienen que vivir en el riesgo. Aunque en algunos
casos los varones sienten que no están en riesgo, pues confían totalmente en
sus mujeres.
El Cuerpo y el Aborto.-
El feminismo ha buscado
durante mucho tiempo una conciencia ciudadana para las mujeres y una defensa de
la integridad corporal, y este movimiento ha permeado en muchas mujeres. En
cambio, los varones no hacen alusión al cuidado corporal. No es común encontrar
varones que se refieran al cuidado personal y del “otro(a)”, derivado de un
mutuo acuerdo, de la conciencia acerca de la importancia del cuidado y respeto
por sus cuerpos. En las entrevistas
pude constatar también que, en general, los varones no hacen referencia alguna
al cuerpo y su cuidado, y cuando se refieren a las prácticas sexuales su
discurso se refiere básicamente al placer.
Algunos de los entrevistados
se han visto envueltos en experiencias de aborto. Tanto ellos como aquellos que
no lo han vivido coinciden en señalar que la decisión respecto al aborto es de
la mujer. Saben que en los casos en que
una mujer decide tener un hijo(a) no hay manera de obligarla a abortar, algunos
lo han intentado. Después de todo, declaran, el embarazo ocurre en el cuerpo
femenino y ellos deben respetar eso. Es
de resaltar también el hecho de que a pesar de verse envueltos en esta experiencia,
que no consideran para nada agradable, algunos de los sujetos no cambiaron sus
prácticas sexuales y reproductivas y en algunos casos no se hicieron
responsables del cuidado personal de su procreación. En cambio, esta experiencia si marcó a otros y sus actitudes y
comportamientos se modificaron radicalmente después de vivir un aborto.
Valoración de diferencias genéricas.-
Por lo que se refiere a la
valoración que estos sujetos hacen de las diferencias establecidas socialmente
por motivos de género, pude documentar que para ellos, en general y al menos en
su declaración discursiva, tales diferencias que conllevan desigualdad son
calificadas de absurdas. Aceptan que en general en México se da esta
desigualdad y que prevalece una doble moral en términos de que es diferente lo
que se espera de la mujer de lo que se espera de un varón. Sin embargo, la consistencia entre
valoración y práctica es bastante cuestionable. Algunos de ellos dicen criticar la doble moral y sin embargo son
permanentemente infieles y lo consideran normal. Lo que para ellos es natural lo considerarían inadmisible si lo
hace una mujer. Algunos siguen
esperando de las mujeres comprensión y sumisión básicamente. A muchos de ellos les resulta difícil ser
cuestionados y aún más confrontados.
Para muchos de los
entrevistados específicamente en México existe una valoración desigual de los
hombres y las mujeres y lo atribuyen a un problema de carácter cultural. Consideran que esta realidad es injusta y nociva
y creen que con el tiempo las cosas se irán modificando, de hecho aseguran que
ellos ya viven cambios importantes, en relación a lo que vivieron sus padres.
En algunos casos, ellos tratan de vivir relaciones de pareja que pudieran
considerarse más equitativas y hacen esfuerzos conscientes por cuestionarse
cuando repiten patrones que consideran injustos.
Para muchos de ellos es
importante ahondar en el proceso de liberación de las mujeres y que éste se
acompañe de un proceso de liberación también de ellos, pues consideran que los
condicionamientos, limitaciones, constreñimientos sociales los vivimos todos y
que esta injusta realidad tiene que ser modificada. Este tipo de percepción es más clara en sujetos que, a pesar de
ya no ser jóvenes, han vivido dentro de una ideología progresista de
“izquierda” y tienen entrenamiento de muchos años en confrontar la realidad
imperante. En parte por este cuestionamiento se trata de sujetos que se han
negado a institucionalizar sus uniones, pero que ejercen, en los hechos, una
paternidad comprometida, responsable, en la que la presencia y el afecto tienen
un papel fundamental.
Derechos Reproductivos.-
Por lo que se refiere a la
concepción que estos sujetos tienen respecto a los Derechos Reproductivos, pude
constatar que en su mayoría, aunque no conocen el término como tal que además
es más bien utilizado en los círculos académicos, ellos conocen su
contenido. Aportaron en las entrevistas
elementos interesantes en términos de las condiciones estructurales del país
que impiden su pleno ejercicio. En general consideran que constituyen un
aspecto relevante en el cual hay que trabajar para lograr con el tiempo su
aplicación en el país.
La gran parte de los sujetos
durante la entrevista manifestaron no conocer el término, pero eso no les causó
problema y más bien mostraron su interés por recibir información al
respecto. Pero, en uno de los casos, el
sujeto abiertamente mostró su disgusto al tener que aceptar que no lo conocía. Pude percatarme de que, como establece
Víctor Seidler(1991), para varones que tienen rasgos característicos de la
masculinidad hegemónica, resulta insoportable no saber algo y más aún que
uno(a) se percate de ello.
Para algunos de los
entrevistados es necesario ampliar libertades y autonomía, una mayor equidad
entre los géneros, pero para otros, se han dado cambios que no son
positivos. Por ejemplo, para uno de ellos, la incorporación de la
mujer al trabajo y el cambio en las relaciones familiares y de pareja tiene su
aspecto muy negativo, pues ha provocado desintegración familiar, soledad en los
hijos, y muchas otras cosas más. Existen casos en los que el sujeto en vez de
cuestionar a fondo su masculinidad, más bien, después de considerar que ha
vivido un fracaso en su relación, busca una nueva relación con una mujer aún
más tradicional, que subordine sus intereses a los de la pareja y que al no
cuestionarse pueda vivir con gran “naturalidad” e incluso con disfrute, su
papel subordinado.
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