| EL AMOR OTOÑAL Dr. Andrés Flores Colombino |
![]() |
|
¿ EXISTE EL AMOR OTOÑAL ? |
¿Existe el amor después de la juventud, después de la
adultez, en la adultez mayor, en la última edad de la vida? Recuerdo que un amigo psicogeriatra
respondió a la misma pregunta con un sí rotundo. Pero agregó: “Siempre que
conserve la capacidad reparatoria”. Es decir, ofreció
una argumentación kleiniana muy válida, no se
conformó con el lugar común de “el amor no conoce edades”. Pero la pregunta
planteaba la duda, suponiendo que también podría tener una respuesta negativa,
porque “Vejez con amor, no hay cosa peor” dice el aforismo popular.
La capacidad de amar y la capacidad de ser amados son las
dos condiciones básicas de la calidad de vida del adulto mayor. No todos poseen capacidad de amar: no la han desarrollado o la
han perdido. Sabemos que según esa concepción reparatoria de Melanie Klein y Joan Riviére (1976) el amor del niño
que supera exitosamente su posición paranoide y se
instala en la posición depresiva, adquiere la capacidad de amar cuando surge el
deseo de brindar felicidad a los demás, ligado a un sentimiento de
responsabilidad e interés por ellos, que se mantiene en forma de genuina
simpatía y de capacidad de comprenderlos, tales y como son. Nosotros (Flores Colombino 2001B) simplificamos la idea kleiniana
afirmando que quien ama es capaz de ver a la otra persona con sus partes buenas
y malas, al mismo tiempo, aceptándola tal cual es, sin pretender cambiarla. Pues la simpatía genuina implica identificación con el otro,
colocándonos en el papel de buen padre y de buen hijo, eliminando los motivos
de nuestro odio y reparando nuestros agravios fantaseados.
La crisis de la mediana edad, por ejemplo, suele obedecer a la persistencia de la posición maníaca, no reparatoria del adulto, quien enfrentado a la posibilidad
de la muerte, en lugar de enfrentarla integrativamente, se deprime profundamente y de paso niega su edad, adoptando
ridículas posturas extravagantes o reivindicativas como la fuga o la
desaparición, abandonos laborales, cambios en la manera de vestir por ropas
juveniles y colores chillones, autos deportivos, motos, botas, camperas, lentes
oscuros. Las
mujeres en crisis acortan las polleras, se preocupan
de la línea como nunca, se independizan y rebelan de sus maridos. Ambos pueden
abandonar el hogar en aras de una nueva pareja, generalmente de menor rango
social y cultural, y a veces de menor edad. O se entregan a actividades
extramatrimoniales impensables en épocas anteriores de sus vidas (Flores Colombino,
2001A). Todo por
no haber alcanzado la capacidad reparatoria.
Dice Klein (1976) “Este
mecanismo de ‘reparación’ es, a mi juicio, un elemento fundamental en el amor y
en todas las relaciones humanas”. Si a estas
consideraciones psicoanalíticas kleinianas sumamos las freudianas, que
prevén la adquisición de la capacidad de advenir a una postura ‘anaclítica’ que
supere el narcisismo primario y permita cargar
catexialmente los objetos de amor con nuestra libido
sin experimentar un vaciamiento angustiante, incorporamos la segunda condición básica para alcanzar el
amor en el adulto mayor: manejo del narcisismo y capacidad reparatoria. No es raro que muchas personas mayores hagan un repliegue
narcisista y que demanden afecto y atención, renunciando a su capacidad de dar
amor. El resultado es que también pierden la capacidad de recibir el amor, pues
temen crearse la obligación de responder, de devolver, de reparar, y utilizan
mecanismos de negación y de encasillamiento con mayor frecuencia (Zinberg y Kaufman, 1976). Pero cada uno envejece
diferente, se va dejando de ser joven poco a poco. La salud mental de cada uno
es fundamental y marca la diferencia, aunque la salud física y social no son menos relevantes.
Las estadísticas
son muy claras, y establecen que la mujer enviuda con mayor frecuencia que el
varón, lo que implica que tanto en términos absolutos como relativos, hay más
mujeres adultas mayores en estado de viudez que varones. La relación en el
Uruguay es de 4 a 1. Y estos últimos se casan rápidamente, pues pareciera que
toleran peor la viudez que las mujeres, además de tener una oferta mayor para
componer una nueva pareja. Los Clubes de mayores suelen ser un ejemplo claro:
la participación femenina es todavía mayor que 4 a 1 y suele llegar a cifras
como de 30 a 1 y 50 a 1.
Por tanto, en el amor otoñal pueden darse
situaciones muy variadas, pues hay una radical
diferencia entre un/a adulto/a mayor y otro/a, si está casado/a o viudo/a o
divorciado/a o separado/a o soltero/a. El amor entre adultos mayores comprende tantas variables
posibles como en la juventud, pero señalaremos algunas variables típicas de
esta época de la vida.
|
EL ENAMORAMIENTO OTOÑAL |
Los cambios que
produce el enamoramiento en una persona pueden obedecer a la presencia de
sustancias químicas, como lo afirmara Liebowitz
(1983), o a una reestructuración de la conciencia con fuertes mecanismos de
idealización fantasiosa inspirada en un modelo de pareja preconcebido. Pero el
resultado es el mismo. El individuo enamorado adquiere un estado de alerta, modifica
sus patrones de sueño y alimentación, adopta una postura maníaca en que todo es
posible, sus pensamientos grandiosos respecto a la pareja elegida le hacen
adoptar compromisos exagerados y comportamientos muchas veces ridículos, como hablar horas por teléfono, hacer regalos caros o gastar
en exceso, escribir poemas y canciones que antes despreciaban y desplegar actitudes
impresionantes propias del cortejo y de acuerdo a las posibilidades de cada
uno, que se ven aumentadas por lo general.
Del varón y la mujer adultas
mayores se espera sensatez, mesura, realismo, serenidad, de
acuerdo a los estereotipos vigentes en todas las épocas. Por tanto, el adulto mayor no
tiene permiso para enamorarse, según sus hijos, nietos y amigos, y según la
sociedad. Enamorarse estaría fuera de lugar. Esta
fuerte tradición
cultural se ha modificado, por suerte. Ha desaparecido
la gerontofilia como desviación sexual, así como la
sospecha de que todo anciano varón sobre todo, es más proclive a las parafilias y abusos de niños. Se reconoce que hay adultos mayores de ambos sexos,
atractivos, seductores, amables.
No poseemos
estadísticas sobre los niveles de feniletilamina y
noradrenalina que segregan las personas mayores enamoradas, pero sabemos que
hay personas enamoradizas a toda edad, aun en la vejez. Los terapeutas y geriatras
suelen ser destinatarios de la transferencia positiva de sus pacientes añosas,
casi tanto como de sus pacientes jóvenes, y ello constituye un indicativo de la
persistencia de la capacidad de enamoramiento. Pero existe un prejuicio contra su manifestación pública, sobre todo si no se trata de su pareja estable. El mexicano
Carlos Fuentes, con 73 años cumplidos protesta frente a una sugerencia de la
entrevistadora (Barragan, 2001) sobre su famosa versatilidad
en cuestiones amorosas. “No ando por ahí de cachondo por todos lados. Fui un
donjuán en la juventud, que es justo cuando hay que serlo,” -dice- “si no, uno
corre el riesgo de serlo en la vejez y entonces uno se vuelve ridículo y un
viejo verde”. O como dicen los españoles, recordamos nosotros “Vejez enamorada,
locura declarada”.
Los amores secretos y unipolares, unilaterales, no son
raros sin embargo, a esta edad, y suelen llenar los días y las fantasías de las
personas mayores, que pueden transformar en amistades sus amores inconfesos o
imposibles. Porque su amor heterosexual se deposita sobre una persona casada o
comprometida, o es expresión de su orientación homosexual.
La literatura nos
ha dado con “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez uno de los
más conmovedores y mágicos amores entre dos adultos mayores: Fermina Daza y Florentino Ariza. ¿Era solo enamoramiento?
Duró toda una vida de Florentino, por lo menos. Cuando
sus hijos se oponen a los nuevos amores de la viuda Fermina dice: “Hace un siglo me
cagaron la vida con ese pobre hombre porque éramos demasiado jóvenes, y ahora
nos la quieren repetir porque somos demasiado viejos”. Y sentenció: “Que se vayan a la mierda. Si alguna ventaja tenemos las
viudas es que ya no nos queda nadie que nos mande”. Y subió al buque ‘Nueva Fidelidad’ para remontar una y otra
vez el río Magdalena, con la bandera de cuarentena para preservar los amores de
la indiscreción de los profanos. Al fin y al cabo su celoso hijo Urbino tenía
razón cuando afirmaba: “Los viejos, entre viejos, son menos viejos”.
|
LOS MATRIMONIOS SUPERVIVIENTES |
Aunque parezca
mentira, en los albores del siglo XXI hay personas que se han casado una sola
vez y siguen juntos luego de 30, 40, 50 y más años de matrimonio. El individuo
atraviesa por fases o periodos vitales, así como se han descrito diversas
edades personales, que no analizaremos aquí. Pero es importante que esas crisis
vitales -como la mediana edad, por ejemplo, o el climaterio masculino y
femenino- sean exitosamente resueltas, que los proyectos existenciales se hayan
alcanzado, que la convivencia con los hijos y nietos, las crisis del retiro
laboral, las inevitables enfermedades y limitaciones concurrentes, sean bien
llevadas. Pero sobre todo -lo recalcamos- el mantenimiento de un nivel de comunicación fluido y
negociador de las nuevas situaciones que la convivencia prolongada va creando
en la construcción de realidades cambiantes, aseguraría la sobrevivencia
del amor en la adultez mayor.
Estas parejas son decididamente monógamas. ¿Héroes?
¿Víctimas? Los partidarios del matrimonio
abierto de los 70 como James y Lynn Smith (1974) afirmaban que
“el casamiento monógamo es, en su propio macabro modo, una forma legalizada y normatizada de esclavitud emocional y erótica... contraria
a la naturaleza humana” y Albert Ellis (1974) que “la monogamia conduce a la monotonía, a la
restricción, a la posesividad, a la inanición sexual,
a la muerte del amor romántico y a otras muchas desgracias”.
El conocido
aburrimiento de la larga convivencia (“el matrimonio mata el amor”), no es un
destino de todos. “Cabin fever”
o “fiebre de la cabaña” es una vieja expresión inglesa que designa los
problemas derivados de la sensación de asfixia, generada por el exceso de
contigüidad (Frings Keyes, 1981).
Pero no hay
exceso cuando el amor está vivo. Todo es cuestión de encontrar la modalidad
adecuada para la convivencia de acuerdo a los caracteres y a los intereses
personales.
Nosotros (Flores
Colombino, 2000B) describimos seis formas de ajuste de la pareja añosa: simbióticas,
defensivas, dependientes, disociadas, románticas e integradas. Cada una encontró algún factor fundante y cohesionante: la
interdependencia obligada, el blindaje paranoide, la
adscripción pasiva a otro grupo familiar, la independencia mutua, el amor
sentimental como eje del vínculo y la dinámica renegociación realista de la
vida, integrando las tres dimensiones del tiempo: pasado rico, presente disfrutable y futuro lleno de sentido.
De alguna manera,
el amor otoñal en
cada tipo de las parejas mencionadas adquiere formas diversas: más afectuosa,
más amistosa, más sexual, más tierna, más refinada, más espaciada, más
profunda, más romántica. Pero por sobre todas las
cosas, aunque pueda parecer insípido, el amor otoñal es realista, acepta las arrugas del otro, la sordera, las pequeñas manías,
las depresiones peculiares, los gustos y preferencias, así como el manejo del
dinero cada vez más restrictivo, incluso las infidelidades del pasado son
finalmente elaboradas cuando existieron. Según estadísticas, el 50 % de las parejas que no
son interrumpidas por la viudez, envejecen juntas sin problemas. La otra mitad convive en medio de un infierno pequeño, mediano o
grande, con diversos grados de separación y divorcio, bajo el mismo o diferente
techo.
Una crisis matrimonial frecuente es la provocada por el
llamado ‘nido vacío’ cuando los hijos ya adultos se van de
la casa para formar un nuevo hogar, casados, unidos o por independizarse. Dice Boero
(1999): ”Se encuentran solos y con una fachada de
matrimonio, que franqueada, solo muestra ruinas de una relación frustrante”. Los gerontólogos y sexólogos señalamos que es la ocasión en que la
presencia de los hijos como postergadora y
catalizadora de los conflictos conyugales, ya no está, y los conflictos se
desatan. Claro que un matrimonio sano los
resuelve o ya los tiene resueltos de antemano.
La nueva realidad es la situación del “nido relleno”, cuando los hijos divorciados, separados o incapaces de
financiar su independencia, vuelven al hogar paterno que ya se reorganizó para procesar la
ausencia de hijos, y ahora debe reestructurarse, no solo edilicia sino económicamente, lo que no es poco.
|
DIFERENCIAS DE EDAD EN EL AMOR OTOÑAL |
Difícilmente se observan
matrimonios en primeras nupcias con grandes diferencias de edad, aunque en
todas las culturas, el varón es unos años mayor que la mujer. Históricamente el
matrimonio en segundas nupcias de un varón añoso y poderoso con una mujer
joven, hermosa y virgen, aunque pobre, era un derecho consagrado por la
costumbre. Los árabes ricos, cualquiera fuera su edad, que practicaban y
practican la poligamia normativa, se casaban con las mujeres más bellas y
jóvenes de su comunidad y aun de lejanas tribus. En la baja Edad Media el
‘derecho de pernada’ de los nobles fue un ejemplo atenuado de esa costumbre.
Pero la estigmatización de la vejez ha predominado en
todas las épocas, por más que era contrarrestada con oportunos reconocimiento
de su valor.
Un ejemplo
bíblico de parejas con gran diferencia de edad que trascendió a nuestros
tiempos, fue el del Rey David, quien, cargado de años y triste, mejoraba con el
calor de jóvenes mujeres que dormían con él, aunque no ‘yacían’ en sentido
bíblico. Una de ellas, la más importante, Abisag,
pertenecía a la tribu de Sunam, por lo que el Rey
poseía una virgen concubina sunamita. No se trató
realmente de un matrimonio, pero el ‘sunamitismo’ equivale hoy al efecto rejuvenecedor por
cohabitar con jóvenes.
Hacia el siglo XII, Felipe de Novara
decía que los viejos “deben evitar sobre todo casarse con mujeres jóvenes,
porque serán engañados indefectiblemente; pero casarse con una vieja no es
mucho más recomendable, pues ‘dos carroñas en una cama no son apetitosas’ (Minois, 1989).
Geoffrey Chaucer
en sus ‘Cuentos de Canterbury’ escrito entre 1385 y
1390 cuenta la historia de un viejo carpintero que se casa en
segundas nupcias con una mujer de 18 años, a quien mantenía enjaulada por sus
celos, pero igual es engañado y ridiculizado hasta pasar por loco. Bath, una mujer casada tres veces
de sus cinco matrimonios con ancianos, relata así sus avatares con estos
últimos:
Difícilmente podían rellenar
los aparatos que los ataban a mí
(si comprendéis mi sonrisa).
¡Dios me perdone! ¡Todavía me río
al recordar como los hacía trabajar por la noche!
Y a mi vez, yo apenas gozaba:
Aquello no me proporcionaba ningún placer.
Ellos me habían dado su tesoro,
y por tanto yo no necesitaba en absoluto darme prisa
Para ganar su amor o mostrarles respeto.
Por la misma
época, el Obispo
de Avignon escribió ‘Los quince gozos del matrimonio’
donde critica duramente la diferencia de edad entre los esposos. Decía: “Considero completamente estúpido al anciano que quiere dárselas
de guapo y se casa con una mujer joven. Imaginad cómo ella, que es tierna y de
dulce aliento podrá soportar al que toserá, escupirá y se quejará toda la
noche, ventoseará y estornudará: será un milagro que ella no se mate. Y él
tiene el aliento agrio a causa de su hígado. Y cuando los jóvenes galanteadores
vean a esa mujer bonita y alegre casada con ese pobre necio, echan cebo; porque
piensan con acierto que ella caerá con más facilidad que otra que tenga marido
joven y capaz. Y si por desgracia el anciano se vuelve impotente, todo se
convierte en un infierno para él y para ella es más fácil la aventura”.
En la misma obra,
el Obispo no ahorra epítetos para el matrimonio en que la mujer es mayor, según Minois(1989). Si el joven se casa con una anciana, también él es
la víctima. “Pues no hay nada más esclavo que un joven sencillo y de buen
natural esté sometido y gobernado por una mujer viuda. El apetito y la lujuria
de la fresca carne del joven la ha hecho glotona y celosa y querrá tenerlo
siempre en sus brazos y asimismo querría sentirse siempre abrazada por él. Pero
sabed que no hay nada que desagrade más a un joven que una mujer vieja, ni que
le perjudique más su salud. Y si se da el caso de que una vieja se case con un
joven, éste sólo lo hace por avaricia; por tanto, nunca llegará a amarla, y les
pegan mucho, y malgastan lo que ellas tienen”. Chaucer encuentra una sola ventaja en casarse con una mujer vieja: el marido joven nunca será
engañado (Minois,
1989).
Sin embargo, el
frecuente fallecimiento de las mujeres en el parto, hacía que el varón viudo se
volviera a casar con mujeres más jóvenes. La diferencia de edad no se daba solo entre los cónyuges,
sino entre padres e hijos. En el siglo XV y en Florencia, la diferencia media
de edad entre los esposos es de catorce años entre los ricos y de once años
entre los pobres y la mitad de los niños de menos de un año tienen un padre de
más de treinta y ocho años. Aun hoy, cuando un padre
adulto mayor pasea con sus hijos pequeños, se fastidia cuando les dicen ¡qué
lindos son sus nietos!
En el siglo XIX el escritor ruso Chéjov
(1980) en su obra ‘El tío Vania’, hace decir a Yeliena, casada con un
profesor retirado, enfermo y viejo. “¡Todo el mundo vitupera a mi marido,
todos me miran compasivos: una mujer desdichada, casada con un viejo. Esa
simpatía hacia mí. ¡oh, qué
bien la comprendo!”. Ella tiene 27 años, y es pretendida
por el tío Vania quien también ha pasado los 50.
|
ESTADISTICAS Y EJEMPLOS |
Sin remontarnos
mucho en el tiempo, tenemos muchas historias de parejas amorosas de edades muy
diferentes en todas las épocas. En el Uruguay y por tomar como ejemplo lo que
ocurrió en un solo año: 1997, se casaron 56 varones mayores de 50 años con
mujeres menores de 29 años. En detalle: 8 varones mayores con mujeres menores
de 20 años; 20 varones mayores con mujeres entre 20 y 24 años y 28 varones
mayores con mujeres de 25 a 29 años. En cuanto a las mujeres mayores de 50, 14
se casaron con varones menores de 29 años. Detalle: Ninguna se casó con varones
menores de 20, 4 mujeres mayores de 50 se casaron con varones de 20 a 24 años y
8 con novios de 25 a 29 años (Flores Colombino, 2000A).
No pretendemos
hacer un catálogo de los casos contemporáneos de matrimonios de edades muy
diferentes. La Argentina tiene al ex Presidente de la República de 72 años que
se casó recientemente con una joven chilena de 35, el actual Presidente de
México también lo hizo en segundas nupcias con una mujer joven, siguiendo el
camino del ex Primer Ministro Canadiense. El Presidente Perón casi doblaba en
edad a Eva cuando contrajeron nupcias. Y mujeres argentinas famosas como Susana
Giménez, Moría Casan, Graciela Alfano
tienen parejas masculinas jóvenes. Tita Merello tenía
17 años cuando aprendió a leer con su amante sesentón. Solo mencionemos muy
someramente algunas parejas no del todo conocidas.
Pablo Picasso tenía 46 años cuando conoció a Marie-Thèrese
Walter de 17, y 61 años cuando pasó a convivir con Françoise
Guilot de 21 años. Con ambas tuvo hijos (Stassinopoulos Huftington, 1988).
Charles Spencer Chaplin se casa por primera vez a
los 35 años con Lillita McMurray
que contaba con 16 años. A los 54 años se casa con Oona
O’Neill de 18 años. A los 73 años, nace su 10º hijo. (Tichy,
1985)
Marguerite Duras, la novelista que se hizo famosa con el guión de “Hiroshima mon amour” y sus novelas ‘El
amante’, ‘El square’, ‘Moderato cantabile’,
tuvo un enamorado de 22 años quien solo la conocía por su obra. A los 27 años
de él y a los 65 de ella, luego de 5 años de acoso epistolar, ella le concedió
una cita en su casa y no se separaron más en los 16 años siguientes en que ella
vivió su vejez. Yann Andréa
escribió un libro sobre esos tres lustros de convivencia del joven con su vieja
amante, que denominó ‘Ese amor’ (Andréa Y, 2000).
La misma Marguerite Duras en su novela ‘El amante’ escribió sobre
las relaciones de una condiscípula jovencísima con un varón maduro, que mereció
un premio Goncourt y fue llevado al cine. La película
fue vista por la compañera que inspira la novela, ya mayor, quien se desmayó al
ver reveladas las actividades sexuales que había confiado a su amiga que llegó
a novelista (Loza Aguerrebere, 2001).
La también
francesa Edith Piaff, pese a su artrosis
deformante, vivió en su madurez el amor de su vida con un joven de 24 años,
quien la acompañó hasta su muerte.
Las parejas ‘desparejas’ por
razones de edad, han dejado de serlo. Dejemos a un
lado la paidofilia que comprende a prepúberes. Pero la fascinación de los adultos mayores por los más jóvenes,
sean varones o mujeres, no obedece tan solo a que
el modelo de belleza es exclusivo de la juventud, sino porque los adultos mayores han alcanzado
en los albores del siglo XXI un nuevo estatuto: se han podido renovar afectiva,
intelectual y sexualmente. La conservación y hasta el
perfeccionamiento del cuerpo gracias a la sustitución hormonal, las dietas, el
ejercicio y la cosmética, solo dependen de un cambio de actitud mental. La
prevención del deterioro intelectual mediante una renovada actividad y una
preservación y enriquecimiento de los neurotransmisores mediante fármacos
adecuados a cada caso, solo depende de la aceptación de que la naturaleza
humana es antropológica y no sólo biológica. No podremos evitar la muerte, pero podemos vivir mejor
antes que nos llegue.
|
SEXUALIDAD OTOÑAL |
Por último, la sexualidad de la pareja
otoñal puede expresase en toda su plenitud. La idea
de Margaret Mead de que la primera etapa de
matrimonio busca el sexo, la segunda los hijos y la tercera solo la compañía, está caduca, perimida. Hay nuevos paradigmas para el amor y la sexualidad del adulto
mayor. Esta antropóloga tenía razón, sin embargo, cuando afirmaba
que “No hay poder más grande en el mundo que el tesón de una mujer postmenopáusica”. Dice Helen E. Fisher (1994) que las tendencias del mundo futuro con la
nueva empresa y la globalización, favorecen a la mujer, pues se vuelve más
segura y aplomada a medida que envejece, menos atada a las tareas del hogar y
la crianza de los hijos y adquiere más poder en el terreno político, religioso,
empresarial y social”. Y en la capacidad de formar parejas.
En el aspecto sexual la mujer ha logrado su orgasmo gracias a los conocimientos de sus zonas
erógenas y las técnicas de estimulación y autoestimulación,
que pueden ser compartidas con sus parejas jóvenes o viejas, nuevas o antiguas.
Además de la sustitución hormonal y los geles
lubricantes, la mujer madura debe conservar, recuperar o desarrollar su poder
de seducción como una cualidad social más. Y muchas lo han hecho siempre. Son
las adultas mayores del grupo que se casan una y otra vez, cuando sus maridos
abandonan este mundo. En los grupos de adultos mayores se sabe quienes son: “se
casan siempre las mismas”, se quejan con envidia las mujeres mayores más
tímidas.
Los varones pasaron de los ‘brebajes del amor’ y el
rejuvenecimiento que cazaba incautos con pretensiones mayores a sus fuerzas, a las hormonas que eran eficaces solo en caso de climaterio
masculino comprobado, pasando por nutrientes y estimulantes generales, las
prótesis peneanas cada vez más sofisticadas y aun
vigentes para algunos casos de disfunción eréctil irreversible, hasta el
citrato del sildenafil, la pastilla azul que en dos
años cambió la cara de los desahuciados sexuales, para recuperar el falo rígido y llegamos al clorhidrato de apomorfina que
facilita el ya establecido reflejo erectivo por
estimulación directa del glande, eficaz en todas las edades, pero específica de
las parejas adultas mayores desde hace décadas.
Nosotros (Flores
Colombino, 1998) hemos estudiado la sexualidad cuando los adultos mayores se dementizan, sobre todo con la temida enfermedad de Alzheimer,
y comprobamos que a las reticencias iniciales de las parejas sanas, pues temen
abusar de la discapacidad mental de quienes buscan mantener relaciones sexuales
con ellas, sigue un consentimiento que da nuevo sentido a la vida en
pareja, en que la sexualidad “es el único terreno en el que podemos
comunicarnos” según nos dijera una esposa “feliz de haber
dado a mi marido una calidad de vida en sus últimos años, que me parecía
imposible en esa enfermedad tan destructiva”. No olvidemos los sexólogos
que la sexualidad es terapéutica en muchos campos, hasta en la demencia.
Debemos asentar
que los amores
homosexuales también tienen su lugar en la adultez mayor. Tal vez son menos conflictivas entre lesbianas que en varones. Y también en estos casos la
elección de una pareja joven es muy frecuente.
|
EL AMOR INVERNAL |
Este trabajo
debería denominarse “El amor invernal”, pues si aceptamos que la vida humana
nace en primavera, crece en verano, madura en otoño y desfallece en invierno,
la adultez mayor correspondería al invierno y no al otoño. Tal vez fuimos influidos por
el cambio semántico que los propios adultos mayores han logrado para designar a
esta etapa de la vida. Ya no vejez, ya no tercera edad,
sino adultez mayor. En el Uruguay, un viejo profesor de la Facultad de Medicina y
Decano de la de Humanidades escribió un libro que denominó “Vejentud,
humano tesoro” (Tálice RV 1979). Vejentud
es más parecida a juventud, que está glorificada. El drama de las siete edades
de Shakespeare en “Como Gustéis” pasa por “la
cincuentena como panzón, en los sesenta con apergaminadas pantorrillas y
termina con la escena final de la regresión del hombre a la condición de un
niño sin memoria, sin dientes, sin ojos, sin deseo, sin nada”. Y remata en otra
obra suya: “El peregrino apasionado” en que solo dice rotundamente: “Vejez, yo
te aborrezco, y adoro a Juventud”.
Pero el poeta francés del medioevo
Agrippa d´Aubigné estimaba tanto la vejez que dice: “una rosa de otoño es más exquisita que ninguna otra” y se casa en segundas nupcias, a los 70 años, con una mujer de
50, aceptando que
“Todo lo puede el
invierno, vejez afortunada,
La estación del placer, no ya de los esfuerzos”.
También se ha
asimilado la vida humana a las etapas del día: mañana, mediodía, tarde y noche.
El atardecer era la vejez. Y el escritor Somerset Maugham decía que “Nadie niega la belleza de la mañana y
del mediodía radiante, pero sería un necio el individuo que corriera las
cortinas y encendiera la luz para eliminar el atardecer apacible”.
Dejemos al
invierno áspero, seco, helado y obscuro, para
quedarnos en el otoño, que al fin y al cabo, “tú no me dijiste que mayo fuera
eterno”, como dice Amado Nervo en su poema “En paz”.
Sin duda habrá de sobrevenir el invierno y el frío aun mayor de la muerte. Y es
el temor básico a esta entidad la que niega que la vejez pueda ser la mejor
etapa de la vida. Y llena de amor.
A Simone de Beauvoir (1970) siempre
se le criticó duramente su pesimismo en su monumental libro “La vejez”. Lo que
ella denunció fue que el estado en que se encontraba la vejez en la época en
que se ocupó del tema ”denuncia el fracaso de toda
nuestra civilización”. “Lo que hay que rehacer es el hombre entero” -dice- “,
hay que recrear todas las relaciones entre los hombres si se quiere que la
condición del anciano sea aceptable”. En esa sociedad utópica la vejez no
existiría. Habría una ‘edad postrera’ diferente de la madurez y la juventud,
“pero con su equilibrio propio y que deja abierta al individuo una amplia gama
de posibilidades”. Este desafío es para todos. ¿Qué diría la pareja de Simone? Dos gerontólogas argentinas, Haydeé
Andrés y Liliana Gastrón (1998) investigaban sobre el
bienestar de los adultos mayores y le preguntaron a una escritora mayor:
“¿satisfecha en general por la forma como se le dio la vida?” “Bueno”, les dijo la interrogada. Algo que tomaron como una verdadera
lección de vida y una síntesis de muchas entrevistas realizadas. “Le voy a contestar con una
frase de Sartre a quien admiro mucho: ‘uno es lo que
ha llegado a ser’”.
|
DR. ANDRES FLORES COLOMBINO Médico
especialista en Psiquiatría, Geriatría-Gerontología y Sexología Clínica. Miembro
del Consejo Asesor y del Comité Científico de la Asociación Mundial de
Sexología (WAS). FUENTE: www.montevideo.com.uy/florescolombino |
|
BIBLIOGRAFIA |
Ø
Andréa Y (2000). Ese amor. Tusquets/Trecho, Barcelona.
Ø
Andrés H, Gastrón L (1998). ¿Es posible medir el bienestar?.
Ø
Limitaciones y alcances de las escalas usuales en gerontología. En: Salvarezza L (comp.): ”La vejez. Una mirada gerontológica
actual”, 125-145, Buenos Aires: Paidós.
Ø
Barragán MA (2001). Carlos Fuentes.
Instinto masculino. Paula 106: 32-35,Montevideo.
Ø
Boero G (1999). Las armas del
amor. Fin de Siglo: Montevideo
Ø
Chéjov A (1980). El tío Vania. Obras Inmortales: Novelas, teatro, cuentos,
1165-1218, Edaf: Madrid.
Ø
Ellis A (1974). Group Marriage: A possible
alternative? En: Smith.
Ø
JR, Smith LG (Ed): Beyond Monogamy, The John
HopkinsU; Baltimore /Londres.
Ø
Fisher HE (1994). Anatomía
del amor. Historia natural de la monogamia, el adulterio y el divorcio,
Anagrama; Barcelona.
Ø
Flores Colombino A (1998). Conducta
sexual en la patología demencial. En: Salvarezza L
(comp.): ”La vejez. Una mirada gerontológica
actual”, 232-242, Paidós: Buenos Aires.
Ø
Flores Colombino A (2000A). La
sexología posible del siglo XXI, Conferencia. X Congreso Latinoamericano de
sexología y educación sexual, 24-28 de octubre, 10 pp. Cusco,
Perú.
Ø
Flores Colombino A (2000B). La
sexualidad en el adulto mayor. Lumen Hvmanitas 2ª:
Buenos Aires.
Ø
Flores Colombino A (2001A). La crisis
de la mitad de la vida en el varón y la mujer, Conferencia. Primer Congreso
Paraguayo sobre Climaterio y Menopausia, 1-3 de setiembre, Asunción.
Ø
Klein M, Rivière J (1976): Amor, odio y reparación. En: Klein M
(1976): Obras Completas T 6, pp.101-171, Paidós;
Buenos Aires.
Ø
Liebowitz MR (1983). The Chemistry of Love. Little
Brown; Boston.
Ø
Loza Aguerrebere R (2001). Marguerite, mon amour, El país de los
domingos, p.6, 23 de setiembre, Montevideo.
Ø
Márquez GM (1985). El amor en los
tiempos del cólera. Sudamericana 2º; Buenos Aires.
Ø
Mead M (1966). Marriage in two steps, Redbook
84-86: 47-49.
Ø
Minois G (1989). Historia de la vejez. De la antigüedad al renacimiento. Nerea; Madrid.
Ø
Smith JR, Smith LG (Ed)(1974). Beyond Monogamy, The John Hopkins U; Baltimore /Londres.
Ø
Stassinopoulos Huffington A
(1988). Picasso. Creador y
destructor, Maeva.Lasser; Madrid.
Ø
Tichy W (1985). Chaplin, Salvat; Barcelona.
Ø
Tálice RV (1979). Vejentud. Humano tesoro. Master Fer
3ª: Montevideo.
Ø
Zinberg NE, Kaufman I (1976). Psicología de la vejez. Paidós;
Buenos Aires.