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Apreciados
amigos ciberlectores, Medicina Forense se viste de gala en esta
emisión, para presentar a ustedes una de las ponencias más brillantes
dentro del grupo de trabajos que se presentaron con motivo de la
conmemoración de los cincuenta años de fundación de la Facultad
de Medicina de Veracruz: "Lic. Miguel Alemán Valdés" perteneciente
a la Universidad Veracruzana.
Este documento ha sido elaborado por el Dr. Rafael Velasco Fernández,
Médico Cirujano, Psiquiatra, Ex Rector de la Universidad Veracruzana,
y con una trayectoria académica, profesional y personal tan amplía
que bien puede ser objeto de un tratado la descripción al detalle
de la misma.
Hoy se desempeña de manera muy talentosa como Miembro de la Junta
de Gobierno en la Universidad Veracruzana y accedió con su sencillez
característica a que su trabajo constituya el contenido central
de este espacio dedicado a la Medicina Forense.
Sin más preámbulo, presentó a ustedes esta ponencia que se desarrollo
dentro de los eventos científicos del Congreso en el Seminario No.
10 dedicado al análisis de: "Violencia y agresión".
La Violencia Social.
Ponencia presentada en la celebración: De los 50 años de la facultad
de
Medicina de la Universidad Veracruzana
Veracruz. México.
Dr Rafael Velasco Fernández
La invitación que la Facultad de Medicina me hizo para participar
en este simposio con una breve ponencia sobre la violencia social,
significó para mi un gran compromiso, no solo por que la ocasión
es muy especial y concurren otros académicos destacados que hablarán
del tema con mayor autoridad, sino porque unas cuantas cuartillas
no bastan para decir algo realmente significativo sobre un temo
del que se han escrito cientos de volúmenes. Los enfoques con los
que se puede abordar asunto tan complicado son varios: desde el
importantísimo jurídico hasta el filosófico especulativo; pero esta
también el punto de vista psicológico, el sociológico el antropológico
y otros mas, como el histórico. Ahora bien, yo soy médico con especialidad
en psiquiatría, y el auditorio tendrá que soportar una exposición
que necesariamente estará contagiada de la visión psicopatológica
de la violencia.
Me decidí por seguir el siguiente camino: tocaré apenas el tema
de la agresividad del hombre, haré después una simple referencia
a ciertas formas conocidas de violencia social y terminaré, para
estar a tono con los acontecimientos de la época, dedicando un par
de párrafos al fenómeno del terrorismo. Acepto que existen diversas
definiciones de agresividad, pero me voy a atener a la más conocida:
una persona actúa agresivamente cuando inflige, trata de infligir
o amenaza con infligir un daño físico o moral a otro y otros individuos.
Es una disposición para el ataque que exhibe una persona en estado
de hostilidad activa.
Todo acto de violencia es la expresión conductual de un complejo
mecanismo cerebral, que involucra a diversos centros nerviosos sobre
el cual nos ha ilustrado el Dr. Carlos Contreras. Y todo esto, de
algún modo relacionado con motivaciones psicológicas y estímulos
psicosociales. Hay pues, un substratum que es necesario considerar,
por que es único para cada individuo, resultado de su propia genética
y del intercambio con su medio físico y social ocurrido durante
su desarrollo.
El gran debate sobre la agresividad humana ha sido, desde Hipócrates
y los filósofos pre-socráticos hasta nuestros días, el de si es
una expresión innata propia y sustancial del hombre, o es una conducta
adquirida por aprendizaje. El asunto es capital, se dice, porque
si aceptamos lo primero fácilmente llegaremos a sostener que las
guerras son inevitables y hasta necesarias, o que la educación moral
choca con el obstáculo de un impulso natural, haciéndola azarosa
y en algunos casos imposible; o bien que la maldad es parte constitutiva
del ser humano, como los instintos lo son de los animales inferiores.
Pero hay quienes se sitúan en el extremo opuesto: la agresividad,
y su expresión natural la violencia, son aprendidas, son productos
de la educación, del desarrollo y de las relaciones interpersonales.
En apoyo de la primera posición se han escrito multitud de obras
y se han hecho cientos de estudios antropológicos y psicológicos.
Freeman nos dice que "los inimaginables estratos de la malignidad
del corazón humano" Causaron, solo entre los años de 1820 a 1945,
la muerte de 59 millones de seres humanos, "por las guerras y otras
reyertas homicidas". Un gran defensor de esta visión fue Freud,
quien expresó en 1930: "...adopto el punto de vista de que la inclinación
a la agresión es una disposición original del hombre....y que este
instinto destructivo es el principal representativo del instinto
de muerte , que hemos encontrado junto al de Eros Y repartiéndose
con él la denominación del mundo".
La segunda posición, aquella que sostiene que la agresividad es
un producto de la vida del hombre interactuando con su medio, es
decir, una cualidad adquirida, también tiene sus numerosos seguidores.
Los primeros psicólogos conductistas y algunos antropólogos que
estudian la conducta de diferentes etnias y sociedades respecto
a la guerra, han sostenido que la agresividad es resultado de la
frustración que inevitablemente ocurre durante el desarrollo. Existen,
es cierto, grupos étnicos que nunca han guerreado, y el hecho podría
bastar para asegurar que la guerra no es una necesidad innata del
hombre.
Sin embargo, eso no garantiza que la agresividad, no la guerra,
sí sea facultad innata de la especie humana, como lo es de otros
seres vivos. Vale la pena reflexionar sobre el hecho de que si bien
el hombre está generalmente bastante dispuesto a destruir y agredir,
nunca o casi nunca lo hace por la destrucción o la agresión misma,
SIMO como un medio para alcanzar otros fines tales como la gloria,
el prestigio, el espacio vital o el alimento. Por esta y otras razones
yo me agrego a quienes piensan que finalmente no es tan importante
el que la agresividad sea o no innata. |
Si lo es, ello no descarta que las frustraciones
la alimenten y la conviertan en actos violentos. Respecto a si el
hombre es o no malo por naturaleza, Fromm dijo ( a mi juicio con
razón), que el hombre no hace ni malo ni bueno pero si con la capacidad
de convertirse en lo uno o lo otro, según sean sus características
genéticas, el medio y las vicisitudes que la vida le imponga. Cualesquiera
que sean los fundamentos teóricos de la agresividad del hombre,
su expresión es la violencia dirigida a otros seres humanos. La
forma como se expresa es muy variable, al punto de que muchos no
la reconocen como tal, como ejemplos, la ironía, el sarcasmo, la
burla y la humillación. El desprecio es una forma cotidiana de violencia
moral. Los poetas han señalado que la indiferencia ante el amor
declarado es la más terrible de las agresiones. Pero por supuesto,
cuando nos referimos a la violencia social, pensamos en formas concretas
y también reconocibles de agresión: l violencia intrafamiliar, sexual,
racial; la discriminación de cualquier tipo; ¿y que decir dela violencia
económica que puede ser devastadora para poblaciones enteras? ¿O
de la violencia política de una dictadura despótica que anula libertades
individuales y sociales? No exageramos al declarar que todo acto
que se opone a la libre expresión de los derechos humanos, es una
forma de violencia que alienta las peores inclinaciones de muchos
hombres. La salud mental de una sociedad bien podría medirse por
los índices de incidencia de esas formas de violencia social a las
que me he referido. Si son bajos, ello se reflejará en la menor
criminalidad y en una oportunidad de bienestar colectivo. Se garantiza
así el disfrute de los derechos del hombre consagrado en la carta
de las naciones unidas y en los códigos de ética, independientemente
de la religión que se practique y de las tradiciones locales. Acabo
de mencionar a la religión. Debo resaltar el hecho de que ninguna
de las grandes religiones monoteístas predica la violencia a la
intolerancia. Pero lo hombres, que interpretan los libros sagrados
según su conveniencia o sus propias inclinaciones concientes e inconscientes,
se han encargado de distorsionar su contenido. Y es que la palabra,
como dijo un pensador, es mitad de quien la dice (o la escribe)
y mitad de quien la escucha (o la lee). El mismísimo diablo podría
encontrar en los textos bíblicos, frases y expresiones que avalan
su proceder. Así fue que nacieron diferentes sectas de cada credo
religioso, así ha sido como llegamos al fundamentalismo que entendemos
que entendemos como creencia absoluta y literal en los dogmas básicos
de una religión, tal como están expresados en los escritos originales
de sus creadores. O, para decir mejor, tal como los interpreta el
propio fundamentalista. Los dogmas son generalmente malos consejeros
cuando se busca un diálogo entre posiciones ideológicas divergentes.
La declaración de que el enemigo del mundo es una nación determinada
que debe ser destruida mediante el terrorismo, es una aseveración
ciertamente fundamentalista. Pero también tiene ese carácter de
declaración que establece que "quienes no están con nosotros son
nuestros enemigos". Esto último se explica como respuesta a un acto
terrorista, pero no se justifica como declaración moral. El terrorismo
es una de las de violencia social mas injustificable, sea cual sea
la motivación e incluso si es respuesta a otro acto terrorista.
Por ello es que en cierta parte del mundo se han eternizado los
actos de guerra de uno y del otro lado. El terrorismo ha sido definido
como la sucesión de actos de violencia que se cometen para infundir
terror, sin consideración moral sobre los daños inmediatos producidos.
Es la denominación por el terror. Sin embargo, quiero señalar que
este fenómeno ancestral ha cambiado0 para mal en los últimos tiempos,
debido a dos hechos. Por una parte, el desarrollo de la tecnología
permite ahora provocar una destrucción mucho mayor a un elevadísimo
número de muertes. Y, por otro lado, la posibilidad de producir
daños en gran escala mediante la auto-inmolación, abre un abismo
de posibilidades a los terrorista que se apegan a un fundamentalismo
brutal e intolerante, inmune a toda objeción científica o moral.
Así está el mundo hoy, precisamente cuando los avances científicos
en todos los campos podrían asegurar una vida mejor para los humanos
de todas las latitudes. No queda tiempo para abordar con mayor profundidad
un tema como este, si acaso para señalarlo como la más brutal expresión
de la agresividad del hombre, de la violencia social. Antes de terminar,
sin embargo, quiero hacer una predicción y un reclamo. Me sumo a
quienes auguran que el terrorismo caracterizará a un periodo largo
de la historia humana, por supuesto acompañado de la debida respuesta,
una guerra que a los ojos de casi todos estará justificada. Mi reclamo
es a la psicología clínica y a mi especialidad la psiquiatría, por
no tener, en el inicio del siglo XXI, una respuesta ni siquiera
parcial o promisoria, a las preguntas que suscita desde hace mucho
tiempo el fenómeno del terrorismo y su expresión moderna del suicidio
a cambio del homicidio múltiple. ¿Es sólo la expresión de la agresividad
de un sujeto enfermo? ¿Es el resultado de una inédita de patología
colectiva? ¿qué papel juegan el dogmatismo y el fundamentalismo
en la decisión del terrorista?; en fin, ¿cómo se generan el pensamiento
dogmático y su expresión más pura el fundamentalismo?. Colaboraré
con un grano de arena a crear aún más incertidumbre, proponiendo
que el terrorismo moderno puede ser investigado clínicamente como
una forma de delirio colectivo. ¿Acaso no es el delirio una falsa
creencia que se sostiene a pesar de la evidencia contraria? ¿No
es cierto que el delirante actuar conforme al contenido de su dogma?
En fin, delirio o no, el terrorismo moderno es la imagen más antihumana
de la violencia social.
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