“LA SEXUALIDAD EN EL ADULTO MAYOR”

 

Dr. Andrés Flores Colombino*

 

Editora: Dra. Andrea R. Sala

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ENVEJECIMIENTO Y SEXUALIDAD

 

El anciano está sexuado, es decir, tiene un sexo que lo define genéricamente como hombre y mujer.  Pero su sexualidad constituye el sexo en funciones, dadas por ese sistema de comportamiento de doble fuente: instintiva e intelectiva.

 

El ser humano, a diferencial del animal, no está regido por su instinto sexual, preprogramado genéticamente en todos sus detalles, sino que se nutre también de un fuente intelectiva, mediante el considerable desarrollo del cerebro que lo caracteriza, y que controla, regula, ordena y genera la mayoría de los fenómenos de su vida sexual: el cerebro es su principal órgano sexual, antes que sus genitales y su piel.

 

El coito es una forma de descarga de la sexualidad, pero no es la única.  Sus sustitutos normales y anormales, o parafílicos, son otras formas de descarga sexual tanto o más eficaces y morales que el coito, hecho que recién en los últimos años se ha logrado incorporar al conocimiento científico.

 

Las pautas actuantes de cada épocas y lugar son tan diferentes que aquello que era bueno, deseable, permitido o legal hace 100, 50, 10 ó 1 año, puede no serlo ahora o en el futuro cercano lo lejano.  Así como, en diferentes lugares y en una misma época, las pautas pueden ser radicalmente opuestas: la infidelidad matrimonial es libremente concertada en algunos niveles sociales de Estados Unidos, mientras en Irán se paga con la vida.  El coito anal es delito en un Estado y no en otro de aquel país.  Las posturas típicas de una región son desconocidas en otras por la misma época.

 

Nuestros ancianos latinoamericanos recibieron una educación sexual informal-familiar más conservadora cuanto mayor sea su edad.  Y los descendientes de indígenas poseen pautas culturales en materia sexual muy diferentes de las de los inmigrantes o sus hijos.

 

La sexualidad es una función humana dinámica, de dimensión bio-psicosocial, como todas las conductas del hombre.  Y el saber sexológico la ha ensanchado hasta límites inimaginados, al punto de que el ser humano actual puede programar voluntariamente casi todos los detalles de su vida sexual, gracias a los conocimientos recibidos de sus mayores, de sus médicos, o de sus amigos, y sobre todo de sus lecturas.

 

Tema que fue tabú, prohibido, confinado a la discreción y el ocultamiento de la intimidad, hoy podemos hablar de él con pretensiones de hombres de ciencia, y con la liberalidad de que seremos escuchados, no ya con la curiosidad malsana de quien trasgede lo prohibido junto con el disertante, sino con el interés legítimo hacia un tema de indudable utilidad y vigencia en el tratamiento médico y social de todas las personas, entre ellas los ancianos.

 

La sexualidad del anciano fue negada por mucho tiempo, al igual que la del niño.  El reconocimiento de que ella estaba al servicio exclusivo de la reproducción, negaba a los períodos no reproductivos de la vida humana el derecho a una actividad natural.

 

Pero el placer sexual, uno de los fines de la sexualidad, es hoy aceptado como de igual o mayor importancia que la función reproductiva.  La función placentera, también llamada función erótica, está legitimada absolutamente por la ciencia, perdiendo así su carácter de simple señuelo de la naturaleza para preservar la conservación y propagación de la especie.

 

El anciano, privado de su capacidad reproductiva –en el caso de la mujer en forma absoluta y en el hombre en forma relativa- sólo posee la función erótica de su sexualidad.  Por eso, nosotros denominamos a esta etapa de la vida como la Edad del Erotismo.  Propuesta que presentáramos en 1982 en Asunción en ocasión del Primer Congreso Latinoamericano de Sexología.

 

Otro aspecto que deseábamos comentar, antes de entrar en tema, es la tentación que nos acosa de abordar el estudio de la sexualidad en el anciano, con una actitud maníaca y negadora, reivindicando derechos, abatiendo mitos y con un optimismo desmedido.

 

Pero también asoma la tentación contraria, de estudiar al anciano no como un condenado a vivir sin sexualidad, en miseria erótica, en castidad geriátrica, en castración senil, abrumado por la polipatología, la viudez, la invalidez y el deterioro.

 

Son dos extremos en los cuales, sin duda, encontraremos a un pequeño porcentaje de la población de personas mayores.  Pero la gran mayoría de nuestros ancianos no son tan eróticos ni tan castos.

 

LOS MITOS SOBRE LA SEXUALIDAD DEL VIEJO

 

A. Carecen de sexualidad

 

La sexualidad infantil y la del viejo están negadas por las corrientes del pensamiento que afirman que la sexualidad humana está sólo al servicio de la reproducción. El anciano, presuntamente, no está en condiciones de reproducirse, por lo que el uso de su sexualidad es imposible.  Todo uso sería “perverso”.  Por lo tanto, debe reprimirse.

 

B. No se reproducen

 

Este mito extiende la incapacidad reproductiva de la mujer postmenopáusica al hombre de la tercera edad.  El varón puede conservar la capacidad reproductiva hasta la muerte, según los casos.  La misma línea de pensamiento señalada, afirma que la menopausia marca el fin de la sexualidad en la mujer, y el comienzo de la vejez: dos mitos de larga trayectoria.  Los animales viven mientras conservan su capacidad generatriz.  La mujer sobrevive a su menopausia 30 años o más.  Es cierto que la calidad genética puede ser menor cuando mayor es la persona, de allí la frecuencia de malformaciones congénitas de los hijos de mujeres añosas; y que la edad mayor no es la más adecuada para criar hijos.  En los animales, al no existir una larga dependencia parenteral de los hijos, no se requiere una sobreviva muy larga luego de finalizada la edad generatriz.  Pero en el ser humano, la sobreviva tras la menopausia es cada vez mayor por los recursos gerontológico, que alejan casa vez más los parámetros puramente biológicos y culturales para el ejercicio de la sexualidad.  La reproducción está disociada del placer erótico a todas las edades, aun en las propiamente reproductivas, gracias a la cultura, y cada vez con mayor éxito.

 

Si los ancianos no se reproducen, ello redunda en beneficio de su sexualidad, pues “naturalmente” como lo sugieren los moralistas biologistas, están liberados del temor del embarazo.  Y pueden por tanto, entregarse libremente a la actividad sexual placentera.  Se describen casos de mujeres que, exacerbada su libido por el predominio relativo de andrógenos, en la postmenopausia, llegan al orgasmo por primera vez en sus vidas.  Afortunadamente, los mitos sobre la histerectomía, la menopausia, las prostatectomía y la andropausia –que al parecer existiría sólo en un 5% de los varones y todavía se discute- hoy en día parecen tener menos gravitación.

 

C. Miseria erótica

 

Es cierto que el ideal de belleza es juvenil.  Simbólicamente, la vejez nunca fue representante de la belleza y la capacidad seductora.  La cultura erótica de nuestro tiempo ha modificado, en algo, ese ideal de belleza.  Sin pasar de la paidofilia a la gerontofilia, nuestra cultura ha sabido combatir la miseria erótica.  Se dice que la multiparidad de las mujeres, que rápidamente las envejecía, producía la caída de los senos, les provocaba várices, prolapsos uterinos, cansancio crónico por el cuidado de muchos hijos, afeaba a las mismas.  Al punto que una de las explicaciones de la poligamia se asienta sobre este aserto, pues el harén debía ser renovado con sangre nueva y piel turgente.

 

Se ha disminuido el número de hijos, en ciertas épocas se usaba de nodrizas para los hijos de damas poderosas que no deseaban perder su poder erótico.  Hoy tenemos recursos en la cirugía plástica para los senos, arrugas y la obesidad; dietas especiales para mantener la línea armónica del cuerpo, gimnasia, cosméticos de todo tipo.  Y todos los artefactos que enriquecen la eroticidad objetiva del anciano, es decir, su capacidad de despertar el deseo del otro.

 

La miseria erótica es otro de los mitos sobre la ancianidad.  Se afirma que son incapaces de experimentar placer (eroticidad subjetiva) y que son incapaces de despertar deseo en otros (eroticidad objetiva).  Con respecto a la capacidad de experimentar placer, ya vimos que ello no es así.  Los estudios realizados nos muestran que el deseo sexual se mantiene en los ancianos, aun cuando sus actitudes sexuales no sean sexofilicas y sus comportamientos sexuales o actividades, estén disminuidas.

 

Es cierto que hay ancianos que se retiran a un apragmatismo sexual con cierto alivio, cuando llegan a la vejez, alejándose de una actividad que siempre fue penosa para los mismos aun siendo jóvenes.  También es cierto que existen cambios fisiológicos en la mujer y en el hombre, estudiados por Masters y Johnson, en la respuesta sexual.  Y ya Kinsey demostró la caída casi vertical de la potencia masculina con el correr de los años, conservándola un 25% de los varones de 80 años, unos 72% a los 70 años y un 80% a los 60 años.  Recién a los 80 años hay una caída radical de la potencia masculina.  Un 25% de los octogenarios niegan la miseria erótica de estas edades.  Y la mujer mantiene su disponibilidad sexual.  Grave problema de pareja cuando el hombre comienza a perderla.  Pero hoy sabemos que no hay miseria erótica en el anciano, cuando él no la desea o busca expresamente, salvo trampas de la genética.

 

RESISTENCIAS A LA EDUCACION SEXUAL DE LOS ANCIANOS

 

 

Ésta se da a dos niveles, casi siempre basadas en el mantenimiento de los mitos expuestos, y otros muchos que la sexofobia es capaz de crear inagotablemente.

 

A. Por parte de los familiares

 

Todos los investigadores que han realizado encuestas sobre actitudes y comportamientos sexuales, han encontrado resistencias a la educación sexual por parte de los familiares encargados de los ancianos.  Desde luego que los educadores sexuales conocen todas las resistencias que se crean a nivel de la población general, de las familias, de los educadores, las iglesias, el Estado y los propios educandos en materia de educación sexual.  Pero sólo nos limitaremos a los ancianos.

 

Ha llamado la atención de los investigadores esta resistencia familiar, y se han preocupado de buscar las razones de la misma.  Serían:

 

I. No les sirve de nada

 

Si no se reproducen, ni poseen sexualidad, no sienten nada ni son capaces de despertar nada sexual en los demás, la educación sexual a esta edad sería innecesaria e inconveniente.

 

II. Complejo de Edipo tardío

 

Los hijos que reactivan este complejo ante la posibilidad de poner en evidencia la vinculación sexual de sus padres, o el simple ejercicio de esta función, está entre las motivaciones inconscientes de los hijos a cargo de padrea añosos.  Todos sabemos lo doloroso que puede resultar la comprobación de que los padres se vinculan sexualmente, en quienes no ha elaborado este complejo.

 

III. Desvalorización de la vejez

 

Los familiares que desvalorizan la vejez, ven con malos ojos todo intento de modificar las posibilidades de los ancianos a su cargo.  Pueden modificar su ritmo de vida, al punto de desear volver a casarse, hecho dramático y a veces tragicómico para los familiares.

 

IV. Actitud sexofóbica

 

La proyección de las actitudes negadoras del sexo a todas las edades, convierte a los familiares de ancianos en enemigos acérrimos de todo intento de acercar conocimientos sexuales a éstos.

 

B. Por parte de los ancianos

 

Además de las resistencias registradas para la educación sexual en todas las edades, el anciano presenta algunas propias, de acuerdo con la diversidad de posibilidades apuntadas:

 

I. Ya saben lo suficiente

 

Los ancianos que no “estén a día” con los conocimientos sexuales pueden utilizar prácticas inadecuadas e insuficientes para su gratificación sexual, pero están convencidos de que, tratándose de un instinto, las sexualidad no puede aprenderse.  Tengamos en cuenta de que las personas ilustradas han adquirido su formación básica en una época en que se desconocían muchos de los ítems fundamentales sobre fisiología sexual, e incluso sobre fisiología sexual en el anciano.

 

II. No tienen necesidades sexuales

 

Por viudez o soledad, el anciano desocializado puede estar “desaferentizado” eróticamente.  Sus necesidades fisiológicas y sus deseos y fantasías pueden estar empobrecidas.  Pero mantienen su potencialidad erótica.

 

III. Problemas de ajuste en la vejez

 

Los ancianos no integrados, desajustados, en conflicto con ellos, los demás y el mundo, pierden interés en la sexualidad como lenguaje de comunicación.

 

IV. Castidad geriátrica

 

La renuncia voluntaria a la sexualidad, por voto religioso o por una educación restrictiva basada en los prejuicios y mitos ya señalados, puede llevar la castidad a la categoría de virtud, mejor preservada por la ignorancia.  Por lo que la educación sexual invitaría a perder la virtud.

 

V. Trastornos de la imagen corporal

 

La autopercepción de la imagen corporal puede llegar a ser muy humillante para el anciano que maneja mal sus componentes narcisistas.  Los partidarios de “dejar hacer a la naturaleza” sin reforzar su erótismo objetivo en la vejez se abandonan, con una resignación desvalorizante, a un desinterés por lo sexual.

 

VI. Carencia de pareja

 

Las mujeres son las que más sufren por esta situación, pues, como vimos, se espera que vivan los últimos 11 años de su vida sin pareja, si todo marcha bien.  Además, a esta edad no siempre están dispuestas a establecer nuevos vínculos y, cuando lo están, no encuentran con quien vincularse.  No así los varones que, al ser menos, se vuelven a casar más fácilmente.  El viudo o viuda se pregunta para qué recibir una educación sexual si lo único que le queda es la masturbación.

 

Comprobamos que los mitos y resistencias contra la educación sexual a esta edad, no soportan un análisis sistemático.  Desde luego que hay necesidades sentidas y no sentidas, como las clasifican los sociólogos.  A todas las edades, las necesidades, con ser reales y acuciantes, pueden no ser percibidas por las personas.  Y los ancianos en particular, resignados a la marginación en que están sumidos por la sociedad cuando los rechazan, muchas veces se conforman con el subconsumo, el aislamiento, la subalimentación y la alienación como grupo de la sociedad.

 

CONCLUSION

 

El anciano tiene derecho, al igual que las personas jóvenes, a redimensionar el vínculo amoroso y social del matrimonio, mediante los recursos de la terapia conyugal, la sexoterapia y la educación sexual, junto a las medidas de gerocultura y resocialización.

 

Todavía debemos superar la negación por parte de los hijos y la sociedad, de la existencia de un poderoso y legítimo capital emocional, fantasmático y placentero depositado en la sexualidad de nuestros padres añosos.

 

BIBLIOGRAFIA

 

 

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